Love forever, Kusama

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En las casi cuatro décadas que han pasado desde 1973 hasta 2012 en Japón Yayoi Kusama ha pasado de ser una deshonra nacional a convertirse en un tesoro del país asiático y una de sus artistas contemporáneas más celebradas. En este tiempo ha ocurrido paralelamente un movimiento similar a nivel mundial. La artista ha pasado de ser una leyenda olvidada de una época pasada a ser rescatada, reclamada y reivindicada por exposiciones, museos y galerías de todo el planeta.

El súmmum de esa recuperación tiene dos cimas. Una, la exposición retrospectiva que el Museo Whitney de Nueva York acaba de inaugurar sobre su vida y obra. La otra, la colaboración con Louis Vuitton que hará que su arte y sus característicos lunares sean conocidos por un público diferente y quizá mucho mayor que el que lo ha visto en museos como el Reina Sofía de Madrid, el Centro Pompidou de París o el Tate Modern de Londres.

Hasta el verano pasado no tenía ni idea de quién era Yayoi Kusama, pero fui una de las afortnadas que vio la exposición de su obra en el Museo Reina Sofia. De sus creaciones me llamaron la atención muchas cosas. Los lunares por su aparente simpleza y ludismo, contrastado con el fuerte vínculo existencialista que Kusama les atribuye (ella se ve como «un lunar perdido entre un millón de otros lunares»). Algunas de sus obras más repetitivas y obsesivas. Me gustan los tentáculos, las nubes, los patrones que parecen repeticiones ad infinitum de formas y organismos que solo se pueden ver a través de un microscopio. Pero, por encima de todas las cosas, me caló su concepto de la auto-obliteración.

Kusama ve su arte como una forma de autodestrucción, una vía para exponerse y entregarse, vulnerable, a la creación. Cuando era joven, esa obliteración la lograba a través de los lunares, elementos que le robaban la esencia a los objetos sobre los que los imprimía. Ella entre ellos. Ahora lo hace de una forma más literal. Kusama, de 83 años sigue pintando sus cuadros de su propia mano a pesar de los dolores y de que casi no puede mantenerse en pie por sí misma. Kusama se destruye y reconstruye. Es valiente, o lo era, porque ahora crea desde una torre de marfil en el que repite esquemas que triunfaron en el pasado sin retarse de manera honesta. O quizá si se rete, pero el reto sea ya solo físico y no intelectual o creativo.

Sea como sea, las obras de Kusama te permiten penetrar su universo, un cosmos vulnerable de signos y señas con las que la artista lleva conviviendo desde pequeña. Algunos de ellos forman parte de sus pesadillas y halucinaciones. Otros los ha creado a partir de entes que detesta, como el pene. Al ver sus muebles y objetos cubiertos por penes de tela puedes imaginar comopara la artista tuvo que ser una experiencia catárquica.

La alianza con Louis Vuitton

En las últimas semanas algo que se preguntan los medios dedicados al mundo del arte y el diseño es si la colaboración de Kusama con Louis Vuitton ha sido una traición o una venta de Kusama por el dinero. La verdad, no lo dudo. Kusama está embarcada en un proyecto para crear en Tokio un museo dedicado a su obra que además incluya un centro para jóvenes artistas. Y eso no puede ser barato, así que un poco de liquidez no le vendrá mal. Y tampoco me parece mal. Cada uno hace con su arte y su creatividad lo que le da la gana. Al fin y al cabo, tendría que haber sido Kusama la que ponderase si le compensaba la publicidad y el dinero que le da la casa frente a lo que obtiene vendiendo sus obras a clientes que ahora podrían perder interés en su arte por encontrarlas demasiado «democratizadas». Es su decisión.

Lo que está claro es que en Louis Vuitton han sabido apreciar su talento, nutrirlo y aprovecharlo para mérito propio. «Su energía es infinita», dijo Marc Jacobs, director creativo de la casa. Jacobs explica que esta colaboración continúa una tendencia que ha mantenido desde que llegó a la «maison» francesa y comenzó a trabajar con artistas como Stephen Sprouse, Richard Prince y Takashi Murakami. Para él este tipo de colaboraciones son una forma de hacer llegar la creatividad de artistas como Kusama a gente que quizá no conozca su obra. Algo que reiteró Yves Carcelle, presidente y director ejecutivo de Vuitton.

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