Armando, el fustero de Girona

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Armando tiene 57 años y es carpintero. Es el carpintero de Girona, el último que queda en la ciudad y el último de su familia. En sus ratos libres de encargos –que son los más frecuente en su jornada laboral– se dedica a construir una réplica a escala de un pueblo como los de las películas del Oeste. Tuve la suerte de conocer a Armando como se conoce a la gente que te llega al alma: de pura chiripa.

Tras una visita guiada por el casco histórico de Girona durante la que conocí las leyendas de la leona a la que has de besar el culo para regresar a la ciudad o la de las moscas de Sant Narcís, nos dieron una hora libre. Yo la dediqué a pasear. Me dejé llevar, interesada aquí por las sombras y los reflejos de este callejón estrecho, allí por el sonido de unas campanas doblando en la distancia. Mientras bajaba por una calle peatonal, a la izquierda me llamó la atención otra calle que, aunque su acceso era muy angosto, según ascendía iba ganando en amplitud y luminosidad.

Unos metros más arriba, a mi derecha, me topé con unos portones de madera abiertos de par en par y pintados en un gris desgastado que un día debió ser un bonito tono de azul cielo. Desde la calle se podía vislumbrar el interior de lo que parecía un taller. El suelo estaba cubierto de serrín y contenía varias máquinas robustas y de apariencia añeja. Encorvado sobre una mesa de madera había un hombre trabajando. Estaba muy concentrado, lijando con esmero un pequeño trozo de madera que más tarde pegó a una estructura de piezas similares.

Como solemos hacer los turistas y los curiosos, entré sin ser invitada. Aún así, lo hice con discreción y mesura. No quería asustar a alguien inmerso en tan afanosa tarea. «Bon dia», dije. El señor levantó la cabeza. «¿Le importa que haga unas fotos?», pregunté. En su cara se dibujó una sonrisa afable. El carpintero me invitó a seguir fotografiando. Tras haber inmortalizado las máquinas, las pilas de serrín y los paneles donde colgaban herramientas antiquísimas, también retraté al carpintero.

No sé quien rompió el hielo, pero comenzamos a charlar. Su nombre era Armando y, como dicen los americanos, portaba su corazón en la manga. Sonríe constantemente. Tanto que parece que su expresión natural es esa sonrisa alegre y jovial. Con una parsimonia y una sencillez encantadoras, este fustero me relató su historia, la de su familia y la de su relación con este oficio que, como señaló taciturnamente, está de capa caída. Su arte ha perdido la batalla contra Ikea, contra la persecución constante del producto barato y contra la crisis.

Hoy el taller está vacío de empleados y de encargos. Hay muchos puestos de trabajo desatendidos, pero que una vez estuvieron ocupados por carpinteros que se encargaban de abastecer con muebles y utensilios de madera a toda la ciudad de Gerona. Muy lejos han quedado los tiempos en los que la Fustería Lladó era la encargada de los trabajos de ebanistería más importantes de la ciudad. Restauraron iglesias, retablos y sagrarios; y participaron en las obras del colegio de la Sagrada Familia de Vila-roja. También colaboraron en la reconstrucción de la Puerta de los Apóstoles de la Catedral de Girona. La creación más famosa de la fustería es un retablo conservado en un convento de frailes de Mallorca. Sin embargo, el proyecto del que más orgulloso se siente Armando son los bancos del seminario adyacente al taller. «Eran preciosos, pero es una pena que nadie pueda verlos», confesó pesaroso.

El taller de Armando se encuentra en la sala que antes fue el Teatro Odeón, un espacio que comparte con el taller de restauración de metales de Joan Ensesa. Está emplazado en el Barrio Antiguo de Girona, al lado del seminario y a unas calles del Museo Judío. En sus paredes aún se pueden vislumbrar las floridas cenefas –ahora apolilladas– que una vez embellecieron el teatro. Armando me señala una de las vigas de hierro que atraviesan el local. «Dicen que las diseñó Eiffel», explica. Aunque no he encontrado prueba de ello por ningún sitio, lo que es seguro es que el ingeniero francés pasó cierto tiempo en la ciudad. El suficiente como para supervisar la construcción del Puente de Hierro –también conocido como Puente Eiffel–, una estructura de hierro cubierto por una viva capa de pintura roja que atraviesa el río Oñar.

En este mismo taller, Armando ha trabajado desde los 18 años y pasado sus ratos muertos desde mucho antes. Este era el lugar al que venía a ver trabajar la madera a su padre, su abuelo y su tío. Su padre, Emeri Lladó, comenzó a alquilar el esqueleto del antiguo teatro en 1947. Ese año compró su primera máquina. Le costó 18.000 pesetas, una cantidad que pagó en dos partes. Una a crédito durante años. La otra, al contado con lo que sacó tras vender varias propiedades. Esa misma máquina, ya prácticamente una pieza de museo, cohabita con Armando y le hace compañía durante las largas y mal aprovechadas horas que allí pasa.

Armando es como un niño encerrado en el cuerpo de un adulto. Sus ojos irradian inocencia y sus palabras, expresadas con calidez, son las de un hombre no adulterado por las asperezas de la vida, ajeno a toda maldad. Hay algo infantil en la resignación con la que aceptó que su arte había perdido su lugar en Girona y comenzó a dedicarse a su pasatiempo: reproducir en madera y a pequeña escala la calle principal de un pueblo del Oeste.

Armando nunca ha viajado por Estados Unidos y su afición no alcanza la excentricidad de Bill Koch –uno de los famosos hermanos Koch–, quien colecciona memorabilia del viejo Oeste hasta el paroxismo de haber instalado en uno de sus ranchos el decorado al completo de una película de la Metro. Armando recurre a herramientas mucho más rudimentarias. Para crear su maqueta se vale de su imaginación y de la caja de un juego de vaqueros de Comansi que copia con ahínco.

Cuando le pregunté cuál era su favorita me confesó que el hotel. No había sido el edificio más complicado de ejecutar, sino el más difícil de idear. «Tuve que inventar gran parte de él. Fue un ejercicio de imaginación», explica. Un vistazo a la caja, que reposa colgada en la pared, me ofrece la explicación. Los detalles de la fachada del hotel se pierden en la distancia, ya que es el último edificio que aparece y la perspectiva está un poco distorsionada. Eso obligó a Armando a soñar sus ornamentos, imaginar su puerta y crearle un cartel distintivo.

El paseo por el taller nos llevó también a su despacho, donde me mostró un viejo artículo de periódico dedicado a su fustería y algunos dibujos; y por otra sala del taller en la que colgaba un cuadro y una paleta de pintor. Me contó que ambos habían sido un regalo del mismo artista, un pintor que, como agradecimiento a la nueva y sofisticada paleta que le había diseñado y creado, le regaló la antigua y una de sus obras.

Unas horas antes de conocer a Armando había dejado Barcelona para pasar un día de excursión. Mi plan era ir de visita a Figueres, pero el tour que ofrecía la empresa Catalunya Busturístic incluía una parada en Girona. Aunque desde el principio me pareció una adición interesante, reconozco que en un primer momento pensé que hubiera preferido ir directamente a Figueres y poder pasar más tiempo inmersa en el pequeño pedazo del mundo de Dalí que allí sigue tan bien preservado. Tras haber pasado un rato con Armando –quien le dedicó desinteresadamente su tiempo a esta visitante en su magnífica, silenciosa y bella Girona natal– me alegré de que no hubiera sido así.