Portland, las bicis y las strippers

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A principios de diciembre pasé unos días de visita en Portland (Oregón), una ciudad de la que poco conocía (salvo quizá que era un imán para la comunidad creativa y bastante hipster), pero en la que tenía un par de amigas a las que quería visitar antes de regresar a España.

En el resto de Estados Unidos y en parte gracias a la serie “Portlandia“, Portland tiene fama de ser una urbe joven, moderna y preocupada por el medio ambiente. Unos la admiran porque es la ciudad con más kilómetros de carril bici del país y porque este medio de transporte está completamente integrado en su cultura. Otros, por sus originales y deliciosos donuts o por haber sido el jardín donde la semilla de los food-trucks consiguió florecer. «Portland es donde van a jubilarse los treinañeros», me escribió un amigo.

IMG_9906Sin embargo, algo de lo que poca gente habla al referirse a Portland es de su ingente cantidad de clubs de striptease, un fenómeno que es efecto directo de la laxa regulación de Oregón en materia de clubs de striptease y de concesión de licencias para vender alcohol. Los habitantes de Portland se jactan de que su ciudad es “la capital de los clubs de striptease de EE.UU.” y la ciudad con más clubes de striptease per cápita del país, afirmaciones que, aunque difíciles de comprobar, parecen ser fidedignas. Los mismos que alardean de los mencionados méritos también se congratulan de que en Portland se encuentre Casa Diablo, el único club de striptease 100% vegano del mundo, o de que su oferta de entretenimiento para adultos también incluya un club de striptease temático dedicado al mundo de los piratas. ¡Arh!

Como no podía ser de otra manera, mientras estuve en Portland fui a un club de striptease y lo confieso: me lo pasé en grande. Otras dos confesiones que tengo que hacer para poneros en situación son que era mi primera vez en uno de estos clubes y que acudí con un montón de prejuicios sobre lo que me iba a encontrar. Para enumerar solo algunos, creados quizá a fuerza de ver películas y series norteamericanas, eran que la concurrencia estaría compuesta esencialmente de “pajilleros”, que el sitio estaría guarrísimo, cuajado de lamparones solo detectables bajo el impacto de una luz ultravioleta; que las strippers serían sexualmente agresivas y que probablemente tendrían mal carácter, consecuencia clara de dedicarse a una profesión según mis estándares no del todo edificante y anclada en el trato a la mujer como un objeto.

El club al que fui, acompañada de mi amiga Shannon, su padre (¿os imagináis ir a un club de striptease con vuestro padre?) y Matthew, uno de sus amigos de la infancia, se llama Devil’s Point y esa noche de domingo tenían un espectáculo para adultos con una vuelta de tuerca. El show se llamaba stripparaoke y, como habréis deducido, conjugaba lo mejor del striptease con lo peor del karaoke. “Es una experiencia muy única de Portland”, me dijo Shannon, antes de añadir “¡Bienvenida a Portland!” con cara de guasa.

photoEl espectáculo se promociona con el eslogan “Nosotras bailamos, vosotros intentáis cantar”. En efecto hay que poner empeño para concentrarse en las letras que aparecen en la pantalla. Por un lado porque tu vida peligra en todo momento, ya que con frecuencia los taconazos y plataformas de las bailarinas pasan a escasos milímetros de la cara de los audaces cantantes. Y por otro, porque los contoneos y las acrobacias de las chicas en la barra son de lo más impresionante. Nivel híbrido entre un miembro del Circo del Sol y esa yogi a la que envidias porque puede hacer un nudo con su espalda mientras hace el pino.

Las reglas del stripparaoke eran sencillas: cada cantante sería emparejado con una de las cuatro bailarinas que participaban esa noche. Ellas serían quienes ocuparían el escenario al tiempo que ellos declabaman las letras de la canción que habían escogido. Mientras estuvieran en el escenario, los cantantes deberían permanecer dentro de la “zona segura”, un cuadrado donde estarían a salvo de patadas voladoras. No se podía tocar a las bailarinas, había que subir al escenario por la izquierda y, ante todo, había que dar propinas. “Sin el ‘strip’ solo quedaría el ‘araoke’ y eso sería muy aburrido, así que no olvidéis que nuestras chicas trabajan por propinas”, explicó la DJ de la velada.

En lo que respecta a la música, la velada arrancó con una chica de apariencia desgarbada, pero armada con una sonrisa imperturbable que interpretó con bastante decencia “Sexy Back” de Justin Timberlake. A esta siguieron muchos otros cantantes aficionados que defendieron con dignidad variable canciones de No Doubt, algunos temas country, varios éxitos ochenteros y dos canciones seguidas de Whitney Houston entre otras tantas.

Mientras tanto, Brodie, Piper, Molly y Berlin hacían acrobacias, trepaban o se dejaban resbalar por la barra con la agilidad de un felino o gateaban hasta acercarse a los espectadores sentados en los bordes del escenario. Todo esto sucedía en un escenario en forma de plataforma colgante que estaba sujeta por un lateral a la pared y por las dos esquinas del lateral paralelo con unas cadenas hasta el techo que parecían sacadas de una mazmorra medieval, dándole un toque algo perverso. “Las clases de ballet han servido para algo”, bromeó Matthew mientras Piper, quien en vez de tacones llevaba puestas unas zapatillas de ballet, flotaba sobre el escenario.

Algo que no puedo dejar de mencionar es que el público estaba totalmente entregado a la causa. Los billetes de un dólar salían despedidos de las manos sudorosas de unos dueños agradecidos por el talento, el sentido del humor y la sensualidad de las bailarinas. A veces esas hojitas verdes revoloteaban sobre el escenario en solitario. En otras ocasiones, cuando Berlin hacía una broma graciosa o cuando Piper hacía tentativas de quitarse el sujetador, los billetes surcaban la sala en bandadas. Sin embargo, el público no siempre era del todo generoso o al menos eso pensó en alguna ocasión Brodie, quien no estaba muy contenta con la cantidad de verdes que yacían sobre el escenario después de haberse dejado la piel durante 5 minutos bailando una canción romántica (creo que fue “Unchained Melody”). “My crack is sweating. Give me a dollar!”, dijo de forma chulesca, lo que se traduce burdamente como “Me suda la raja del culo. !Dadme un dólar!”.

Poco después de escuchar esa joya decidimos que era hora de irse. Mientras regresaba a casa en el asiento trasero del coche de Shannon, pensé en algunos de los estereotipos con los que había llegado al club, algunos de los que me había desprendido como las bailarinas habían hecho con su ropa.

El espectáculo fue de primera. Hubo diversión, risas, mucho talento sobre las tablas y buen ambiente. En la audiencia no solo había taciturnos hombres de mediana edad faltos de cariño. Había chicas y chicos de todas las edades (siempre mayores de 21, claro), sonrientes, disfrutando de un show en el que confluían muchos más factores a parte de la bíblica desnudez de sus protagonistas. Sobre la limpieza, el local estaba todo lo limpio que se podía esperar de un bar cualquiera. Por último, quizá lo que más chocó contra mis expectativas fueron las bailarinas. Por su talento, su frescura, su hilarante sentido del humor o su cercanía en el trato con el público (una de ellas se acercó a hablar con nosotros después de la actuación de Matt y fue encantadora). El hecho de que trabajen por propinas podría sostener el argumento de que su confort es una fachada, una mera apariencia que han de mantener para poder ganarse un sueldo y llegar a final de mes. Sin embargo, Shannon me explicó que algunas de las bailarinas que habíamos visto esa noche habían competido e incluso ganado torneos locales, estatales y nacionales. Eran profesionales del striptease, algo muy alejado de la popular, polarizada y polarizante imagen de joven desesperada que se tiene que dedicar a esta profesión para salir de un apuro y que, una vez superado el bache, colgará los tacones y nunca mirará atrás.

Algo que aún no he conseguido discernir es si considero el striptease un show misógino o no. Muchas voces defienden que no cabe duda sobre ello. Algunas hablan de la democratización del deseo o de la mercantilización del sexo, equiparándolo a la prostitución por su aspecto comercial. Otras no pueden ver más allá de la desnudez y de la pátina pecaminosa que cierta moral caduca asocia a este tipo de espectáculo. A mí me cuesta disociar el striptease femenino del masculino y por tanto me veo en la obligación de juzgarlos por el mismo rasero. ¿Odio o admiración? ¿Deseo o desdén? Lo que es innegable es que ambos shows se basan en cosificar a la persona, en reducir el cuerpo humano —cuanto más esvelto, más proporcionado y más grácil, mejor— a un mero objeto. Sin embargo, este es un proceso muy similar al que nutre industrias como la Publicidad o la Moda, en la que los modelos no son más que maniquíes, perchas sin voluntad a las que se recompensa pecuniariamente por desempeñar una tarea que solo pueden llevar a cabo dada la idoneidad del total o alguna de las partes de su cuerpo.

Sea como fuere, la persona simple que hay en mí disfrutó del show abierta y despreocupadamente.

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