El puente de san Pablo

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Todo sucedió a eso de las diez de la noche del viernes.
Una hora antes había llegado a Cuenca y había acudido al hotel donde previamente había reservado una habitación. Allí, Ana la recepcionista me preguntó si conocía la ciudad. Primera vez, respondí, así que ella, con su melenita cana bien peinada y sus gafas colgando bajo el primer botón abrochado de la camisa, se agachó bajo el mostrador. De allí sacó un mapa donde procedió a señalar con boli las rutas y lugares que debía recorrer y visitar. “Donde veas este dibujo de una cámara es que ahí hay un mirador”, me aclaró. “Photo opportunity”, pensé yo.
Tras dejar la bolsa en la humilde estancia, me puse en marcha. Ana había insistido en que merecía la pena ver las casas colgadas —que no colgantes— de noche. Hacia allí me dirigí.
Tras subir la cuesta infernal —como todas en Cuenca— que se eleva sobre la hoz del río Huécar, llegué a uno de los puntos que en el mapa aparecían destacados con una cámara de fotos. Desde allí la vista de las casas colgadas era impactante. Iluminadas en contrapicado, parecían flotar sobre un barranco de piedra y matorrales.

IMG_1515Desde allí hice las fotos de rigor y le dejé al mundo saber que por fin estaba en Cuenca gracias a Instagram. En el mirador coincidí con turistas ingleses, españoles y japoneses.
Cuando terminé de fotografiar las casas y la oscura hoz, procedí a cruzar el puente que comunicaba con el otro lado de la hoz y así poder adentrarme en el centro de la ciudad y allí buscar algún lugar para cenar. El mapa indicaba que su nombre era puente de san Pablo.
Desde la distancia el puente me recordaba al puente Eiffel en Girona, tanto por su color, como por su estructura. Sin embargo, al llegar al acceso al puente conquense me di cuenta de la gran diferencia entre ambos: si en el puente diseñado por el francés los caminantes cruzan por su interior, como si se tratase de una arteria que recorren cual glóbulos rojos; en el del puente de San Pablo, la estructura es la base que hay que recorrer por encima. En vez de estar rodeados de sólido metal, aquí lo único que protege al transeúnte es una baja barandilla.
Un tapón de gente provocado por una foto familiar me regala el tiempo suficiente para percatarme de la altitud del puente. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue su idoneidad para hacer benji-jumping. Acto seguido me pregunté cuanta gente se habría suicidado desde ese puente que ahora me disponía a cruzar. Pronto aprendí que también es conocido como el puente de los Suicidas. En ese momento empecé a sentir como el miedo comenzaba a apoderarse de mí. Sin embargo, tenía que cruzar. No había desvío o ruta alternativa. Solo podía cruzar el puente de san Pablo.
Empecé a caminar. Bajo mis pies la exangüe madera crujía. En ocasiones incluso cedía ante mi peso y se combaba. No mucho, pero sí lo suficiente como para poder sentir la flexión del madero, algo que hacía que se me parase el pulso. Antiguas imágenes de puentes de madera que se resquebrajan y parten por la mitad. Recuerdos inocentes de atracciones de feria, de un puente de cuerda y madera que crucé sobre algún río hace años.
Aceleré. Adelanté a uno de los turistas asiáticos, que me miró sorprendido. Quería correr, pero la idea de que alguien fuera a detectar mi acojone supino me refrenaba.
Aún no había llegado al ecuador del puente cuando me di cuenta de que entre tablón y tablón penetraba la luz. Me fijé bien. El hueco dejaba entrever lo que había debajo. Para mí, metros y metros de caída libre. Miré al frente. Faltaban unos 25 o 30 metros para llegar al otro lado. Ante mis ojos, la distancia se multiplicó. Vi alejarse el final del puente como si alguien estuviese estirando la goma de un tirachinas. Sudores fríos. ¿Cómo yo, temeraria, irreverente ante las comunes causas de miedo, estaba dejándome atrapar por el pánico? ¿O es que acaso tengo vértigo y hasta ahora no me había dado cuenta? ¿Estaré perdiendo oído?
Proseguí caminando rápido, casi a marcha. Los pasos más pesados hacían retumbar con más intensidad los maderos. Daba igual. Solo quería llegar al final del puente.
Por fin crucé el umbral. Tras subir un par de peldaños me apoyé en un mirador de piedra. Con ambas manos sujeté la roca fría, ansiosa de su firmeza. Desde allí, aún con el pulso acelerado, observé el puente de san Pablo.

PD:
Tanto el sábado, como el domingo regresé al puente. En ambas ocasiones caminé hasta su centro. Allí me detuve a mirar tanto alrededor de la hoz, como hacia abajo. He de confesar que la mayor parte del tiempo necesitaba rozar con una mano la barandilla. Me tranquilizaba, aunque pensaba racionalmente que de poco serviría la sujeción de una mano en el caso de que la madera se desvaneciese bajo mis pisadas.

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