Adiós, Fabrizio

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A pesar de que era 10 de junio, el cielo estaba encapotado. Las nubes oscuras, grises como el carbón, amenazaban lluvia; aunque también dejaban entrever un sol radiante, propio de esta época del año.
Iba conduciendo de camino a casa y un Ford dorado acababa de ponerse a mi altura.
Hacía 10 minutos que había terminado mi clase semanal con Loreto, a quien llevaba enseñando -tratando de enseñar, mejor dicho- inglés desde hacía ya nueve meses. Las canciones de los Beatles o de High School Musical no conseguían mentener su esquiva atención. La frustración nos acompañó desde la segunda clase, cuando asumí que la primera impresión que me había dado esta niña de 12 años, pasota y adicta a las malas excusas, había sido acertada.
Al principio traté de ver en Loreto algo de mí, simpatizar con ella. Sobre todo porque era alumna del Cristo Rey, el colegio donde estudié buena parte de mi infancia y cuyo recuerdo sigue ocupando un lugar muy especial en mi memoria. Si yo fuera ella, me decía, también estaría hastiada del sobreproteccionismo de su padre y también me inquietaría, como me inquietó entonces, la proximidad de un cambio de centro escolar. En su caso, el paso al Instituto.
Mi coche me esperaba, como siempre, aparcado estratégicamente frente a la pequeña tienda de alimentación de la esquina, un comercio que conocí hace más de dos décadas, cuando abrió al público un par de bloques más arriba de la que entonces era mi casa. Desde que empecé las clases se había convertido en una tradición el pasarme por ahí tras terminar para comprar algo dulce. En los meses de invierno habían sido chucherías. Normalente regalices, lo único aceptable de su escasa y mal cuidada selección. Ese día ya sabía que iba a adquirir algo diferente: un Calypo. Un euro con 25 céntimos por un pedazo de hielo con sabor a fresa dentro de un cartón rosa fucsia.
Una vez en el coche encendí la radio, ansiosa, incluso antes de arrancar el motor. Quería enterarme de cómo iba España. La Selección estaba jugando contra Rusia el primer partido de la Eurocopa de 2008. Aunque no me considerase muy futbolera, todo el mundo sabe que en España nuestra Selección es un tema de Estado. Un asunto sobre el que hay que estar informado con escruciente nivel de detalle. El partido en ese instante estaba en el descanso, a punto de reanudarse.
Saqué el coche de la plaza donde había estado aparcado algo más de una hora y emprendí camino a casa. Era el mismo camino que había hecho cientos, miles de veces. De Las Rozas a Punta Galea. Era el camino que hacía cuando volvía de casa de Nacho o de Xavi. La ruta que tomaba todos los días al volver de la universidad o del trabajo, ya que por esa zona dejaba el coche por las mañanas antes de coger el autobús. No me equivoco si digo que esa era la ruta que en más ocasiones había repetido en mi historia como conductora.
Cogí la calle del Burgo Centro, llegué hasta la ridícula rotonda frente al Burger King y tomé la tercera salida, la de la izquierda. Pasé bajo el tunel y continué el rutinario, pero estrecho y sinuoso camino hasta la carretera del Escorial. En esta vía permanecí un par de kilómetros hasta la salida que la conecta con la M-503. Señalicé y entré en el tramo de vía que desembocaría en la vía de servicio.
En ese rato había seguido disfrutando de mi helado y escuchando hablar al comentarista mencionar una estadística tras otra porque en Innsbruck no estaba ocurriendo nada realmente interesante.
Empezó a llover justo cuando me incorporé a la vía de servicio. Presioné ligeramente la palanca del limpiaparabrisas, lo justo para que pasase de la inactividad al modo de menor frecuencia. No llovía mucho.
El Ford dorado me preocupaba. Su conductor, un hombre de unos 35 años con el pelo oscuro y engominado y una hilera de rizos enmarcándole la nuca, no había mirado ni una sola vez a su alrededor en el rato que me ha acompañado paralelamente.
De repente comenzó a meterse en mi carril, avalanzándose sobre mí, sobre mi Opel Astra negro al que bauticé Fabrizio en un acto reflejo en el mismo instante en que vi su matrícula: —-FBZ.
Hago sonar la bocina, pero no reacciona. Sigue acercándose y yo sigo alejándome de su Ford dorado. No quiero que me roce. No quiero otro arañazo en la carrocería. Vuelvo a pitar. El conductor reacciona. Y se aparta. Cuando me quiero dar cuenta y miro a mi derecha, estoy al lado del quitamiedos. Di un volantazo para evitarlo. En circunstancias normales, el coche hubiera vuelto a su camino en un instante. Pero no fue así. El asfalto estaba húmedo, resbaladizo. El control del coche era ajeno a mi poder. Mi sensación era como si estuviera dando saltos laterales. Ahora apoyada sobre las ruedas derechas. Ahora apoyada sobre las izquierdas. Mientras tanto, el coche no reaccionaba a mis intentos de mover el volante. Cuando el coche por fin reaccionó, di una vuelta completa que acabó con Fabrizio empotrada contra el mismo quitamiedos que antes había tratado de evitar.
Miré hacia el frente y ahí estaba, el Ford dorado parado unos metros más alante, mirando. En cuanto me vió salir del coche aceleró, salió a la carretera y se perdió en el horizonte.
Salí del coche para ver qué le había pasado. El frontal estaba destrozado. En vez de un coche ahora tenía un acordeón.
Alguien me preguntó si estaba bien. Era una chica asomándose desde su coche. Se había parado tras de mí en cuanto el coche había dejado de hacer maniobras alocadas. Según me dijo, lo había visto todo y no entendía cómo el otro coche no me estaba viendo y cómo acabé perdiendo el control. Yo tampoco entendía nada.
Era morena y de cara alegre, aunque ahora no podía esconder que aún tenía el miedo metido en el cuerpo. No recuerdo su nombre, aunque creo que era Nuria o algún otro nombre que empieza por «n». La llamaré Nuria, porque se merece un nombre.
Nuria me volvió a preguntar si estaba bien. Esta vez sí le respondí. Le dije que estaba perfectamente mientras metía medio cuerpo en el coche. Con un brazo tiré el trozo de Calypo que quedaba a la calle, a que se deshiciera fuera y no dentro del coche. Con el otro brazo busqué el bolso en el asiento de atrás. Lo encontré, saqué el móvil y marqué el número de mi grúa. Ellos avisaron a la Guardia Civil, quien llegó unos instantes después para abrir un caso sobre los daños a la vía, que en este caso se limitaban a un quitamiedos abollado.
Llegó la grúa y se llevó el coche al taller. Nuria me acercó a mí. Una vez allí nos despedimos, me dio su correo electrónico y su número de teléfono y me pidió que al día siguiente le escribiese para ver qué tal estaba y que no dudase en avisarla si necesitaba algo. Cuando Nuria se fue llamé a mi madre, quien estaba más que curada de espanto de mis llamadas de socorro. No había sido la primera ni sería la última.
Fabrizio estaba mal, pero lo iba a contar. Mi única incertidumbre era si lo volvería conducir antes de mudarme a Dinamarca, algo que iba a ocurrir solo unas semanas más tarde.
Desde ese accidente han pasado 4 años y 3 días. Hoy España está jugando otra Eurocopa y hoy mis padres han vendido a Fabrizio. De los cinco años que lo hemos tenido, tres de ellos su dueña ha estado fuera. Al final fue mi madre quien más lo condujo, aunque ella nunca disfrutó de su potencia como lo hacía yo.
Sé que parece tonto, pero me molesta no haber estado presente al entregarlo. No haber sido yo la que le diese las llaves a su nuevo dueño y le diese un par de consejos sobre cómo arrancarlo o qué hacer si se encendía la luz de los filtros del aire. Me intento convencer de que es solo un objeto, un coche más de las decenas que he conducido. Pero Fabrizio era mi nave espacial, el coche con el que viajé con mis amigos por toda España. El coche donde siempre había arena de playa y cuyo maletero siempre contenía una pelota de volley, un par de chanclas, un saco de dormir, una toalla, una silla de camping y mucho papel de cocina.
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