Melocotones

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Me encantan los melocotones. Durante años han sido mi fruta favorita para disfrutar en primavera y verano. Pero desde que me mudé a Nueva York hace casi dos años, los melocotones han desaparecido de mi vida. Lo peor es que no me había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos su aroma, su piel aterciopelada, su carne jugosa y su sabor hasta el viernes por la noche.

Eran las dos de la mañana y me encontraba paseando por Greenpoint de camino a coger el metro G acompañada de Ana y Eva. Acabábamos de salir del concierto de una de las bandas independientes más prometedoras que conozco, Moon Hooch. Teníamos mucha energía en el cuerpo, pero también mucha sed. Decidimos entrar en un súper que aún estaba abierto para comprar agua.

De camino a las neveras cruzamos el pasillo de la fruta. A mitad del pasillo mi cabeza se giró, como si hubiera llegado a la máxima tensión de una correa invisible. «¡Melocotones!», exclamé irreflexivamente. Aunque no los había visto, su perfume había penetrado hasta lo más profundo de mi cerebro y activado un sensor que de manera automática me hizo volver en su busca.

Ahí estaban. Colorados y olorosos. No me había fijado, pero Eva había tenido la misma reacción que yo. Ambas nos quedamos durante unos segundos obnubiladas con los melocotones, palpándolos y acercándonos a la nariz para poder absorber mejor su aroma.

Sentí como si hubieran pasado siglos desde la última vez que comí uno. Cuando vi la pegatina de color naranja fosforito en la que estaba impreso su precio lo entendí todo. 1.99 dólares costaba cada melocotón. Ni siquiera era uno de esos melocotones grandes que puedes disfrutar durante media hora. No. Era un melocotoncillo fulminable en tres mordiscos.

Me quedé con las ganas de comprarme un buen melocotón. Decepcionada, pagué una botella de agua y proseguimos nuestro camino. Cuando llegué a casa tras dos horas de trayecto –con 3 trasbordos y largas esperas de por medio– el recuerdo de los melocotones se había esfumado.

A la mañana siguiente alguien llamó a mi puerta. Era Eva. Acababa de volver del supermercado y me había comprado un melocotón.

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2 comentarios en “Melocotones

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