«Infinite Jest», el humor como arma para desenmascarar la realidad

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Con frecuencia, la actualidad se presenta ante nosotros engalanada con una capa de seriedad, como si sus protagonistas creyesen que con esa impostura sus actos pasarán a engrosar los libros de Historia. Pero gracias a la caricatura vemos la otra cara de la moneda. Recurriendo a la parodia, la pantomima y la paradoja, los artistas más agudos consiguen despojar de su halo de autoridad y respeto a políticos, monarcas, comerciantes y banqueros y demás personajes que pueblan la actualidad de un país.

Hasta hace un par de meses el Museo Metropolitan de Nueva York exhibió la exposición «Infinite Jest», una recopilación de 177 obras humorísticas realizadas desde el nacimiento de la caricatura en el siglo XVI hasta nuestros días y firmadas por grandes nombres de las artes plásticas como Da Vinci, Goya, Bruegel, Delacroix o Toulouse-Lautrec.

Aunque fue durante el siglo XVI cuando la palabra «caricatura» comenzó a utilizarse para aludir a un tipo de retrato exagerado, donde el sujeto de los dibujos era difícilmente reconocible, la exposición arranca con una obra de Leonardo Da Vinci datada a finales del siglo XV. El pequeño retrato, de unos 5 centímetros de alto, muestra el perfil de un hombre adulto donde la exageración y la mofa, si las hay, son muy sutiles. Que esta pieza inaugure la exposición podría entenderse más como una estratagema de marketing que como una muestra de los antecedentes de la caricatura. «Leonardo retrató la juventud con rasgos de proporciones perfectas y la senectud estropeada por una deformidad caricaturesca», es la justificación que la comisaria Nadine Orenstein da a la incursión de esta obra.

A pesar de que la pieza escogida no era especialmente representativa, lo que es cierto es que Da Vinci está íntimamente relacionado con el nacimiento de la caricatura. Aunque carecía de ejemplos de las proto-caricaturas que Da Vinci realizó, la exposición dejaba constancia de su trabajo gracias a las obras de discípulos como Francesco Melzi o Wenceslaus Hollar, quienes se entrenaron en el arte del dibujo reproduciendo los retratos elaborados por el genio italiano.

Estas piezas estaban ubicadas en la primera sala, dedicada a los elementos de la caricatura. En sus paredes pudimos aprender el lenguaje y las convenciones del oficio, como que los pavos reales y sus plumas representan la soberbia, que los ricos siempre son orondos y los pobres irremediablemente escuálidos. También descubrimos que el arma para aplacar el exceso de dignidad es el disparate y que la autoridad es especialmente irascible ante la ironía.

La muestra proseguía con una sala dedicada a la sátira social, otra centrada en la política y una última que se ocupaba de celebridades.

Era en la sala sobre sátira social donde encontrábamos cuatro «Caprichos» de Francisco de Goya: «Ya van desplumados», «Bravísimo», «Hasta la muerte» y «Subir y bajar». Los grabados, fechados en 1799, muestran un Goya que explora los aspectos más ridículos de la sociedad española que conoció de forma osada y sin tapujos, desde la perspectiva de un privilegiado que conocía los secretos del poder y los compartía con sus coetáneos.

En la siguiente habitación las caricaturas exploraban tanto los vicios de aquellos que ocupan el poder, como las vicisitudes que quienes imponen la ley le hacen pasar al caricaturista. La censura, las denuncias o los cierres de publicaciones por mostrar en sus páginas caricaturas especialmente provocadoras estaban presentes. Un ejemplo era la caricatura que el diario satírico francés «La Caricature» publicó para quejarse de las constantes multas que el poder les imponía. En ella plasma un desfile en el que el Ministro del Interior francés, quien entonces estaba encargado de regular la prensa, da la espalda a un juglar que representa a «La Caricature».

Obra tras obra el rango de humor aumentaba. De las piezas creadas a partir del uso de rudimentos más sencillos como la exageración de caras y cuerpos y la animalización de personas, pasamos a los más sutiles y elaborados. Un ejemplo es «Los años de Bush», una caricatura de Siegfried Woldheck en la que el gesto apesadumbrado de George W. Bush se entrevé en un gráfico que muestra la progresión decreciente de varios indicadores en los 8 años que Bush ocupó la Casa Blanca.

La exposición, que podrá visitarse hasta el 4 de marzo, queda completa con una colección de caricaturas contemporáneas. Los pósters que Robbie Conal realizó para la serie Art Burn del diario «LA Weekly» sobre polémicos personajes como Charlton Heston, George W. Bush, Al Gore y Martha Stewart son las más llamativas por no mostrar un ápice de piedad sobre los sujetos que retratan.

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