«Million Dollar Quartet»

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El lunes vi «Million Dollar Quartet», el musical sobre el encuentro en los estudios de Sun Records en Memphis de Johnny Cash, Jerry Lee Lewis, Carl Perkins y Elvis Presley. Cada uno había acudido al lugar donde sus carreras comenzaron por diferentes motivos, pero todos tenían que ver con Sam Phillips. Phillips, un productor con ojo para el talento en bruto, fue el fundador de la pequeña discográfica y el descubridor de todos ellos. Un hombre con un gusto especial para la música y un toque especial para sacar lo mejor de cada uno de los artistas con los que firmaba.

La historia cuena que durante la noche del 4 de diciembre de 1956 cuatro de los músicos más importantes e innovadores de la época coincidieron por pura casualidad en el pequeño estudio de Sun Records, donde Carl Perkins se encontraba grabando su nuevo material. A lo largo de la noche todos fueron actuando hasta que llegó un punto en que cada uno de ellos olvidó su faceta de cantante en solitario para formar el Million Dollar Quartet. Uno de los técnicos del estudio grabó la inesperada jam session pensando que estaría loco si no lo hacía porque, efectivamente, lo que estaba presenciando era histórico.

Este musical tiene algunas cosas buenas, como la innegable calidad de la música y las magníficas actuaciones de los actores, quienes no solo recrean de forma creible unos personajes de sobra conocidos, sino que también interpretan sus canciones con el mismo nivel de talento y fidelidad. Entre ellos se merece una mención especial Eric Stang, quien hace de Jerry Lee Lewis. Su vitalidad, frescura y descaro a la hora de interpretar a Lewis no pasan desapercibidos. Como tampoco lo hace su peluca.

Pero lo que no tiene el musical es una historia que contar. Está basado en una anécdota que es estirada hasta la extenuación para conseguir un show de una hora y 40 minutos. Cierto es que es una anécdota en la que confluyen muchos conflictos como la fidelidad a los orígenes y los principios personales, la traición, los sueños que se rompen y los que se crean, el coste de la fama o las amistades puestas a prueba. Pero todos ellos son tratados sucintamente. Son meros hilos utilizados para hilvanar canción con canción sin que parezca muy artificial.

Sea como fuere, «Million Dollar Quartet» me hizo querer bailar y sobre todo, consiguió que añorase esa era de la música en la que se estaban creando nuevos géneros y estándares, en la que unos pocos como Phillips no tenían miedo a arriesgar y probar cosas nuevas con tal de no imitar lo que la mayoría estaba ya haciendo. Seguro que Phillips se revolvería en su tumba si pudiese escuchar la homogeneidad que hay en la música que se radia actualmente. ¡Larga viva al rock ‘n roll!

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