Yolanda Dorda

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El viernes 17 de febrero conocí el arte de Yolanda Dorda. Ana me enseñó dos obras de Yolanda, las dos que esta artista gallega había seleccionado como su foto de perfil y su foto de portada para timeline en Facebook. La primera, el torso desnudo de una mujer. La segunda, una mujer que se mira en el espejo mientras se recoge el pelo.

Ojiplática como estaba, le pedí a Ana que me mostrase más, así que revisamos otras fotos de sus obras que tenía colgadas en la red social. La fuerza y la sensibilidad de sus cuadros me hablaban. Me decían cosas que ninguno de los otros artistas contemporáneos que exponen en las galerías de Chelsea consiguen transmitir. De alguna manera, sentí que esos cuadros de brochazo grueso y breve y colores intensos concentraban más pasión de la que jamás había experimentado. ¿Qué clase de persona podía condensar tanta vida en un lienzo? Solo de pensar en ello me intimidaba la idea de conocer a Yolanda.

Un poco más tarde esa misma noche la conocí. Ana y yo habíamos ido hasta su apartamento ubicado en una nave industrial reconvertida en estudios para artistas. Yolanda salió a abrirnos la puerta. No podía creer lo que veían mis ojos. Yolanda era una persona de mirada dulce y sonrisa candorosa. El pelo rubio y el flequillo bien perfilado le daban un aire de inocencia juvenil. Su naturalidad y simpatía eran puros. ¿Dónde escondía este cuerpecito tanta energía y tanto calor?

Yolanda nos guió hasta su estudio. En el suelo y en la pared había obras recientes que aún se estaban secando. «Desde que estoy en Nueva York me están saliendo muchos cuadros de gente follando», explica la artista. Yolanda mira un tríptico que ha terminado recientemente y nos dice que se sigue sorprendiendo al verlo porque la mujer que hay en la escena central es rubia y se está riendo a carcajadas. Se sorprende porque ella nunca pinta rubias. Se sorprende porque sus mujeres suelen reflejar un sufrimiento desgarrador, representar el dolor y la agonía. Por eso muchos se empeñan en asociar su obra con el maltrato a la mujer, un discurso que a Yolanda no le acaba de convencer.

Seguimos mirando el tríptico. Algo que no hubiera visto si Yolanda no lo hubiera comentado es que esa rubia alegre está sentada a horcajadas sobre su amante, una escena que vemos en la primera parte del tríptico. La tercera, cuatro piernas entrelazadas.

Le comenté a Yolanda que su obra me recordaba a Félicien Rops por su carga sexual. A Egon Schiele por los colores y las expresiones en las caras. A Edvard Munch por la desesperación y la soledad. Yolanda define su arte como expresionista y lo enlaza con la vertiente alemana de esta corriente. Por eso, ayer, cuando quedamos con Yolanda para despedirnos porque su primer periplo por Nueva York había llegado a su fin, fuimos a la inauguración de la exposición de Georg Baselitz en la Gagosian de Chelsea. A Yolanda le gusta el arte de Baselitz, aunque opina que los enormes cuadros de esta exposición son «muy limpios».

Mientras paseamos por la galería le pregunto si sabe si Baselitz pinta del derecho y luego expone del revés o si directamente pinta sus cuadros invertidos. Me explica que Baselitz es conocido por exponer sus obras del revés. Según ella, «pintar del revés a veces ayuda a ver cosas nuevas en un cuadro que has estado observando durante muchas horas». Ella con frecuencia gira las obras, algo que descubrió por instinto. Igual que su instinto le hacía mirar el reflejo en la ventana que proyectaban sus pinturas para encontrar imperfecciones. Este tipo de trucos, según me aclara, son muy frecuentes, aunque normalmente se usan espejos para ello y no ventanas en habitaciones poco iluminadas.

Yolanda me ve tomando notas y percibo que está entre sorprendida e incómoda, probablemente porque sabe que estoy anotando lo que me cuenta. Según ella, no tiene ningún problema en hablar sobre su obra con cualquiera que se le acerque a preguntar, pero algo que no soporta es hablar en público. «Una vez me puse a llorar», confiesa. Ese miedo escénico tiene que ver con una autoestima frágil y vulnerable que Yolanda no ha protegido con muros y fosos, como el resto de los mortales, todos frágiles y vulnerables, nos hemos empeñado en hacer. Quizá de ahí provenga su permeabilidad a todo aquello que nos recuerda que estamos vivos porque aún nos pueden herir.

Las criaturas que moraban la Gagosian eran rimbombantes, seres ávidos de atención ajena, neones andantes, parodias de un mundo al que quieren acceder o en el que quieren triunfar. Entre ellos pasea Yolanda, despojada de ornamentos y manierismos. Ella no es una farsante del mundo del arte. Mezclada con el grupo de artistas, marchantes y groupies, nunca dirías que ella pertenece a ese mundo. Aunque pertenece. Y lo hace de una manera mucho más orgánica y natural que el resto, sin necesidad de demostrar nada con su ropa, sus palabras o sus gestos.

Yolanda ha pasado en Nueva York seis semanas. Su estancia hay que contarla en semanas como cualquier otra gestación. Y es que con este viaje Yolanda venía a probar esta ciudad, a ver con sus propios ojos si era cierto que es aquí donde tu carrera termina o es catapultada. Y lo que ha visto le ha gustado. Por eso Yolanda quiere volver cuanto antes, aunque quizá no sea tan sencillo. Tienen que pasar muchas cosas, como que una galería exponga su obra o conseguir el dinero para poder comenzar una nueva vida en esta cara ciudad. «¡Yo quiero tirar pa’lante!», exclama. Yolanda se considera una persona ambiciosa, pero no con las connotaciones negativas que acompañan a esta palabra en nuestro país. «Ser ambiciosa para mí significa querer superarse. El dinero me da igual, pero no soy nada conformista», añade. En su tiempo en la incubadora neoyorkina, Yolanda se ha encontrado con mucha gente que le ha echado una mano a la hora de zambullirse en la escena del arte de Nueva York. Aunque algunas de esas manos han acabado en el cuello o haciendo un rotundo corte de mangas.

«Les da miedo mi obra. Pero lo que no saben es que mi obra soy yo». Yo, que no tengo miedo ni de Yolanda ni de su obra, estoy segura de que regresará a esta ciudad. ¡Suerte!

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Nota: Todas las fotos de este post han sido tomadas del Flickr de Yolanda Dorda y a ella pertenecen todos los derechos. ¡Cuidadín con lo que hacéis con ellas!

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