«Anything goes»

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El miércoles fui a ver el musical «Anything goes». Tenía unas expectativas muy altas para este musical. Una razón es Cole Porter: algo con su música nunca puede ser malo. Otra eran las críticas: ponían por las nubes tanto la obra, como a Sutton Foster, la actriz que da vida a Reno Sweeney.

Aunque a grandes rasgos el musical es entretenido, hay un par de números que a mi gusto podrían ser o más breves, si me pillas dadivosa. Si me pillas con prisa te diría que deberían cortarlos porque no tienen ni la espectacularidad, ni la gracia que el resto y no consiguen aportar grandes avances a la trama en sí. Lo bueno es que la obra va cogiendo ritmo según avanza y los números van mejorando significativamente hacia el final.

Este musical tiene la esencia de las «screwball comedies», las comedias de enredo o farsas como «Con faldas y a lo loco», «Historias de Filadelfia» o «La fiera de mi niña» que hicieron brillar a tantas estrellas de Hollywood y que siempre entretienen por descolocarnos con sus alocados malentendidos.

En «Anything goes» hay algunos números que son verdaderas joyas. El más espectacular es el que da título al musical, «Anything goes». Este tiene lugar al final del primer acto y es un despliegue asombroso de destreza y talento. Los actores bailan claqué hasta la extenuación para, según dan el último golpe de tapa en el suelo, volver a cantar como si no hubiera pasado nada. En gran parte por números como este Sutton Foster ganó el premio Tony a  mejor actriz en un musical en 2011. A la salida, Robert Petkoff, el actor que encarga a Lord Evelyn Oakleigh, nos contó que tras ver ese número entendió por qué todo el reparto está tan delgado.

Petkoff es el protagonista de «The gypsy in me». El número comienza como una confesión y acaba convirtiéndose en un cortejo a la antigua usanza. En escena están solo Petkoff y Foster, ambos deslumbrantes. El peso de este número recae principalemente en Petkoff, quien canta, baila y termina marchándose de escena subido a una cuerda. La música y las letras mezclan referencias gitanas, flamencas y del toreo de manera un tanto estereotípica, pero la sala se despiporraba de la risa. Petkoff nos comentó que al principio del número sitió que uno de sus zapatos estaba desabrochado y que pasó un rato horrible tratando de mantenerlo en su sitio mientras daba patadas al aire. «Tuve que apretar los dedos de los pies para que no saliera volando», dijo el actor.

También fueron especialmente agradables los números de «Buddie, Beware», en el que la promiscua y descarada Erma, interpretada por Jessica Stone, tiene que decidir con qué marinero quedarse después de haber tenido escarceos con casi toda la tripulación; «Blow, Gabriel, blow» y «Friendship». Este último fue muy simpático. Las letras hablan de lo que haría un amigo por otro en caso de necesidad y acaba hablando de puñaladas traperas con rimas que solo Porter podría haber imaginado. De «If you ever feel so happy, you land in jail, I’m your bail» pasan a «If they ever crack your spine, drop a line» o «If they ever make a cannibal stew of you, Invite me too!».

Como bien apuntó Marc Tió, corresponsal de Rac 1 en Nueva York, la media de edad en la sala era bastante alta. Y es que este es un musical clásico que quizá para no atrae tanto a la audiencia más joven, acostumbrada a los efectos especiales y no tanto a una buena dosis de extenuante baile. Aunque achacosa, la sala se puso en pie para vitorear a los intérpretes. Era el segundo pase del día y el cansancio no se había notado. Bravo.

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