Trabajo en equipo

Estándar

En la entrada anterior os conté cómo el domingo participé en un gran trabajo en equipo: el trasladar un escritorio de aproximadamente 100 kilos durante un recorrido al que Google Maps asigna una distancia de más de 2,5 kilómetros. En ese post también hablaba de «Man on wire», un documental en el que se pueden apreciar varias facetas del trabajo en equipo. Como veréis, parece que en las últimas horas he vivido inmersa en una especie de leitmotiv en el que el concepto de trabajo en equipo ha hecho acto de presencia de manera directa o tangencial constantemente. Lo cierto es que la recurrencia de esta idea comenzó el pasado miércoles.

La conversación que lo inauguró tuvo lugar después de haber cenado con varios amigos corresponsales. Aunque la ensordecedora música en directo del bar brasileño en el que nos encontrábamos trataba de frustrar nuestro propósito de comunicarnos, conseguimos conversar sobre el trabajo de periodista, nuestras experiencias pasadas, las prácticas e incluso los días en la Facultad. Pronto la conversación derivó a los detalles del trabajo de corresponsal en Nueva York y cómo en un entorno en el que hay pocas fuentes y lo que importa son las historias, el ser competitivos entre nosotros no ayuda a nadie. El competir con otros corresponsales no es un juego de suma cero. Todo lo contrario. Pareto hubiera visto en nuestra colaboración un ejemplo de su teoría sobre la eficiencia. Si todos podemos mejorar sin perjudicar a nadie, ¿por qué escoger la opción en la que unos salen perdiendo?

La conexión entre estas 3 historias me ha asaltado en clase de yoga. Hoy, Zaria, nuestra yogi, nos ha contado que su madre falleció ayer. Zaria ha querido que le dedicásemos la clase a ella y a cualquier otra cosa que creyésemos que se merecía el esfuerzo que íbamos a realizar. Lo primero que he pensado, inspirada por Zaria y su madre, ha sido en el amor. Pero acto seguido he pensado en la unidad, el grupo. Y ahí me he dado cuenta de que le quería dedicar la clase al trabajo en equipo, entendiendo equipo desde la pareja, pasando por la familia, los compañeros de piso, el equipo de trabajo, el equipo de voleibol. Los equipos de mi vida, la gente con la que comparto mi existencia y aquellos que contribuyen a ella. Y entendiendo trabajo como cualquier tarea que requiera un esfuerzo. [Mientras escribo esto siento cierta vergüenza y pienso que el yoga me está convirtiendo en una especie de freak espiritual…]

Pero en el trabajo en equipo, como en todo, no hay dos personas iguales. Algunos nacen lobos solitarios, otros nacen con la facilidad de jugar en equipo y otros, como yo, se convierten de la primera a la segunda categoría. Hay algo un poco animal e irracional en la forma en la que crecemos creyendo que somos de una manera, constreñidos a una categoría que bien nos autoasignamos o que alguien nos adjudicó y que tardamos en plantearmos. En mi caso y para simplificar, diré que nací individualista y con el tiempo completé la transición a trabajadora en equipo.

Desde muy temprano preferí trabajar en solitario, no depender ni para lo bueno ni para lo malo de los demás. Creía que trabajar en equipo era un infierno y que su significado real era que yo acababa trabajando el doble o el triple. Pero con el tiempo fui ganando consciencia del mundo y me di cuenta de mis propias limitaciones. Recuerdo con total claridad el día en que tuvo lugar la epifanía y en consecuencia el comienzo de la transición. Estaba en segundo de carrera en una clase de Teoría de la Información. La profesora estaba dedicando la clase a mostrar empíricamente cómo funcionaban algunas de las teorías que habíamos estudiado. Una de las demostraciones consistía en mirar durante un minuto una diapositiva con decenas de objetos. Nuestra labor consistía en memorizar la mayor cantidad posible y, una vez que la diapositiva desapareciese, escribirlos. Al finalizar, teníamos que hacer recuento. El número de objetos que yo había memorizado era irrisoriamente bajo. La profesora nos pidió que juntásemos nuestra lista con la de un compañero y contásemos cuántos habíamos memorizado entre los dos. El número creció ligeramente. A continuación, nos dijo que hiciéramos el mismo proceso pero con la pareja de al lado. Y ahí fue cuando surgió la magia.

De repente, el número se había multiplicado casi por tres. Ese equipo estaba compuesto por un chico con una memoria prodigiosa y una chica a la que siempre recordaré por las geniales asociaciones que establecía entre conceptos. Ellos, con esas cualidades, habían conseguido memorizar la lista casi al completo. Fueron sin lugar a dudas quienes mejor resultado obtuvieron de toda la clase y, tras dos agrupaciones, yo había acabado formando parte de ese equipo y compartiendo su éxito. Lo cierto es que los cuatro llevábamos trabajando juntos más de un año y continuamos siendo una unidad hasta prácticamente el final de la carrera, así que nuestras sinergias no fueron una sorpresa. Pero fue ese instante el que me descubrió que una persona puede ser muy buena en algo o incluso muy buena en muchas cosas. Pero nadie es brillante en absolutamente todo. Y esa es la grandeza del trabajo en equipo: la posibilidad de compensar los defectos y carencias de cada uno, al tiempo que se aprovecha todo lo bueno que una persona puede aportar.

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