Un escritorio de verdad/«Man on wire»

Estándar

Ayer domingo pasé el día con un grupo de amigos. El plan era ir al Flea Market de Brooklyn, comer por la zona y luego venir al Castillo a ver «Man on wire». Fuimos al mercadillo y me compré una bola del mundo que no sabía dónde iba a poner porque ya no me cabe nada en la habitación. Comimos en un mexicano cerca de casa y me tomé un margarita del tamaño de Cancún. Todo transcurría según el plan. Pero cuando comenzamos a caminar de regreso a casa nos topamos con un magnífico escritorio de madera que alguien había dejado en la Séptima Avenida. Bendito Park Slope, con sus calles llenas de objetos abandonados. Como dijo un amigo, lo que para alguien es basura, para otros es un tesoro. Y Park Slope es la prueba fehaciente de ello. Los cuatro nos quedamos admirándolo, boquiabiertos. El escritorio era majestuoso, una pieza única, hecho de madera y relativamente bien conservado. James, el único que no sabía la distancia real a la que estaba nuestra casa, nos animó a llevárnoslo. Entre los cuatro comenzamos a caminar con el escritorio de unos 100 kilos –soy pésima para este tipo de cálculos–. La gente nos miraba. Unos se reían, otros nos señalaban. Más de uno tuvo que sentir envidia de no haber sido él quien se lo encontró. Las paradas técnicas se multiplicaban, probamos todas las formas que se nos ocurrieron para sujetarlo: con las manos, con los hombros, elevado o a ras de suelo.

En ocasiones tratamos de olvidar el dolor fantaseando con el tipo de cosas que habían sucedido en esa mesa, el tipo de textos que se habían escrito y quien habría trabajado en su superficie. Más paradas técnicas. Hubo un momento en el que Ana lloró de dolor, pero aguantó estoica. Alcanzamos ese punto en el que habíamos hecho un esfuerzo tal que rendirse carecía de sentido. Seguimos. Cada pequeño avance era un gran éxito. La esquina de 15th Street, la lavandería, nuestra calle y por fin el Castillo. En la puerta de casa nos detuvimos durante un rato. Subí y metí 4 cervezas en el congelador. Nos las habíamos ganado. Sacamos los cajones, pusimos topes en las puertas y nos mentalizamos. Había que subir el escritorio dos tramos de escaleras. Tras un último esfuerzo y unos momentos en los que temí por las vidas de aquellos que sujetábamos el mueble desde abajo en las escaleras, llegamos a nuestro piso y dejamos el mamotreto en el primer lugar que pudimos: la entrada. Sentados sobre él degustamos las cervezas. Tras unos instantes de relax nos volvimos a poner manos a la obra: buscar la película, ir a comprar palomitas, organizar los altavoces, etcétera.

Por fin nos sentamos a ver «Man on wire». Hacía años que quería verlo. En concreto, desde que se estrenó. Seguí su trayectoria de cerca, su paso por festivales y por varias entregas de premios; pero nunca me había parado a verlo. Miguel, uno de mis compañeros de piso, era quien había organizado el visionado porque creía que el debate que este documental suscita es muy interesante a nivel personal y grupal. La cinta cuenta la hazaña de Philippe Petit, un funambulista francés que se propuso cruzar los 60 metros que separaban las Torres Gemelas caminando sobre un cable inestable y a más de 400 metros de altura. Para conseguirlo, Petit y su equipo hacen miles de cálculos, entrenan, violan la seguridad de los edificios, falsifican documentos, mienten. Todo ello para que Petit tuviese la oportunidad de cumplir su sueño, algo que logró el 7 de agosto de 1974. El documental es magnífico a la hora de mostrar cómo el ascenso a la cumbre es un trabajo de equipo y que sin sus compañeros y ayudantes, Petit nunca hubiera podido siquiera entrar en las torres. Pero también es demoledor al reflejar la soledad del éxito. El contrapunto agridulce al enorme logro de Petit, cuya alegría es fácil de compartir, es ver cómo en un segundo nuestro héroe se alza con todo el mérito, olvidando en un instante a sus amigos, sus compañeros e incluso su novia. Es un golpe de realidad brutal sobre la figura del genio, del líder. Aún así, el poder ver tras la figura magnética, electrizante y polarizadora de Petit una sombra de bajeza, de traición, de egoismo no le resta mérito al francés, quien llegó ahí rompiendo las barreras de la razón, saltándose las normas necesarias. Persiguiendo un sueño y guiado solo por la pasión.

Cuando Ana y James se fueron, Miguel me ayudó a meter el escritorio en mi cuarto. De repente, mi recién adquirida bola del mundo tenía un lugar donde asentarse. Ahora tengo un escritorio de verdad o, como dicen mis compañeros de piso, un escritorio de escritor.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s