La convivencia es como una caja de bombones

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Ya le advirtió a Forrest Gump su sabia madre de que la vida era como una caja de bombones porque nunca sabes lo que te va a tocar. Resulta que a la convivencia se le puede aplicar exactamente el mismo nivel de incertidumbre y aleatoriedad. A mí con mi compañera de casa me ha tocado el bombón que suele quedarse para el final, descartado por todos los que tuvieron oportunidad de elegir primero.

Y es que de bombones va la cosa.

Cuando regresé de España a Nueva York tras haber pasado las navidades con mi familia, traje una caja de bombones Lindt. En concreto, una caja Champs Elysées (como la de la foto). Pasados unos días abrí la caja. Ese día tomé dos bombones: uno de praliné que no me gustó especialmente y otro de chocolate con leche. Desde entonces no había vuelto a abrir la caja, así que cuando hoy he vuelto a casa, calada, con kilos de nieve sobre el abrigo, el bolso y las botas y he abierto la caja de bombones, la sorpresa que me he llevado ha sido superlativa. Donde tendría que haber una caja de bombones casi completa, he encontrado una caja con 13 huecos. La muy zampabollos se ha comido 11 bombones.

Aunque en casa somos siete personas (cinco de la familia propietaria de la casa, otra chica y yo),  sé que la única persona que ha podido hartarse a comer bombones ha sido esa chica. Simplemente porque es la única con la que comparto nevera, ya que la familia tiene una nevera para ellos y no utilizan la nuestra para nada. Lo primero que he pensado ha sido es que esta tía es tonta, lo segundo que es una glotona y lo tercero que se iba a acordar de mí.

– A mí también se me ha quedado un poco, como a Forrest,

cara de pánfila.

Según he visto el panorama, ojiplática como estaba, he subido saltando de dos en dos los escalones hasta mi habitación a por el taco de post-it. La finalidad patente era dejarle un mensajito haciéndole ver que su fechoría no había pasado desapercibida y no iba a quedar impune. La latente era un pequeño ajuste de cuentas.

Tengo que remontarme a julio, mes en el que ambas nos mudamos a esta casa. Ella se estableció un par de semanas después que yo y, cuando no habían pasado ni 48 horas de su mudanza, encontré un post-it azul en el fregadero que decía lo siguiente: “Este plato lleva aquí casi medio día. Eso no está bien”. “¿Medio día? ¿Estarás de coña?”, fue lo que pensé. Por entonces los propietarios estaban de vacaciones y solo habitábamos la casa ella y yo. Ese post-it azul se me clavó como una espina en el orgullo. Hoy me he desquitado de esa y de cualquier otra por venir.

Así la caja de bombones ha sido como una epifanía, una revelación, la anagnórisis de una situación que se prolonga desde hace más de seis meses: mi compañera se ha estado zampando mi comida sin preocuparse durante todo este tiempo, amparada por la confianza que le debía dar el pensar que no la iba a pillar. Pues te he cazado, moza.

– Se encuentra un taco de post-it así y seguro que

también se lo merienda (tec.nologia.com).

La caja de bombones me ha sacado completamente de mi ignorancia. Donde antes pasaba por alto botellas de zumo que parecían evaporarse o tarros de mantequilla que combustían espontáneamente, aunque nunca en mi presencia, ahora veo los largos tentáculos de una persona que ha traicionado el principio esencial de la convivencia: el respeto. También el segundo: si coges/usas/comes/gastas algo de mi pripiedad, tu deber es hacérmelo saber.

Analizando sus víveres, la verdad es que no me extraña que se coma mi comida: fresas podridas (que además empiezan a oler), platos con restos de pasta cuya fecha de origen sería difícilmente determinable incluso recurriendo al carbono14 y un gran tarro de mayonesa.

Tras un rato en mi habitación quejándome a los cuatro vientos de su falta de decoro, he ido al baño a lavarme los dientes. Mientras estaba ahí he escuchado que salía de su habitación y bajaba las escaleras. He bajado tras de ella y en la cocina le he dicho que teníamos que mantener una conversación sobre comida, pero que lo haríamos mañana, cuando no tenga visita. Y es que una amiga suya se ha quedado a pasar la noche porque no podía volver a casa debido a la tormenta de nieve.

Ahora lo que más me molesta es haber esperado tanto a decidirme a mantener esta conversación y, por encima de todo, el resultado del chequeo rápido que he hecho a mi parte de la nevera, porque he comprobado que en mi tarro de parmesano -mi tesoro, mi más preciada posesión culinaria- no queda más que lo suficiente para que parezca que el tarro no está vacío, cuando debería estar casi completo. ¡Solo lo he usado en dos ocasiones!

Me han estado expoliando. Se acabó. La vida es como una caja de bombones. A mí me ha tocado el rancio y lo he escupido. Que alguien abra la siguiente caja.

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2 comentarios en “La convivencia es como una caja de bombones

  1. Señor Verde

    Hacia tiempo que no visitaba su blog, señorita. Pero he de reconocer que este articulo me ha hecho mucha gracia.
    Yo por mi parte en una casa de 3 chicos creo que nunca he visto nada rico durar más de una noche en la nevera.

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