Nueva York: la previa

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Ya hace una semana y tres días que llegué a Nueva York y hasta ahora no he encontrado el momento para pararme y reflexionar sobre todo lo que he vivido hasta ahora. Antes que nada, mis disculpas a todos aquellos que hayáis acudido al blog y hayáis encontrado que no he actualizado su contenido desde mayo. Mi vida desde finales de febrero ha sido un poco caótica y ha sido el blog el que ha pagado las consecuencias.

– «Nube y jaula» de Chema Madoz

Fue en febrero cuando solicité sin mucha esperanza una beca ARGO que tenía como destino un puesto en la sede de Nueva York de The Economist. Una semana después ya había hecho una entrevista telefónica con el que sería mi jefe. Todo parecía apuntar a que efectivamente me iban a conceder el trabajo, pero por miedo a la desilusión que podría suponer el que al final no me dieran la beca, no pensé en profundidad en lo que implicaba.

Fue un mes más tarde, mientras disfrutaba de una semana de vacaciones con mis amigos en Andorra, cuando me llegó el correo que secretamente tanto había querido recibir. Era Adrián confirmándome que había sido seleccionada para el puesto y que tendríamos que ponernos manos a la obra con el papeleo. ¡Maldita burocracia, pesadilla de todo mortal! Completar todos los documentos, enviarlos, recibir las copias firmadas, etc. llevó más de dos meses. Así que mi comienzo –planeado para mediados de mayo– se retrasó hasta finales de junio. Tardé tanto en irme que incluso algún compañero de Máster me llegó a decir en forma de chascarrillo que en realidad me lo había inventado. A mí también me parecía inverosímil.

Mientras tanto, mi vida como masterópoda de ABC continuaba. Las últimas semanas de clase dieron lugar a la incorporación a la Redacción, donde fui asignada al proyecto ABC 2010 y el suplemento especial que se publicó con ABC el día en que se renovó el periódico. Ver mi nombre impreso en la mancheta junto al de grandes profesionales fue un enorme orgullo y una gran recompensa a un largo e intenso mes de trabajo.

Por otro lado, los días con mi familia y mis amigos se iban agotando. Tenía que despedirme de todo el mundo y el cronómetro corría en mi contra. Fue la última semana cuando más aproveché el tiempo. Miento, fue el último día al que más jugo le saqué. Era viernes. Me levanté temprano. Fui a Madrid a recoger mi visado. De ahí fui paseando a casa de mis tíos, con los que comí. Tras una agradable sobremesa, en la que debatimos sobre temas recurrentes como la crisis en España o la política del Gobierno, fui caminando a casa de mi abuela, con la que estuve solo un rato porque también la iba a ver más tarde. Casi corriendo volví a casa. Tenía que arreglar los últimos preparativos: organizar la maleta, los papeles, el bolso de mano y otros quebraderos de cabeza. Por la noche había quedado para cenar con toda mi familia, muchos de mis tíos y algunos primos. La cena fue muy divertida, tanto que se me pasó volando. La teoría de la relatividad se hace más reconocible cuando eres consciente de que debes aprovechar al máximo tu tiempo en un lugar o con una persona.

Pero la noche no acabó ahí. Habíamos quedado para hacer una excursión nocturna por Torrelodones (no daré más detalles sobre el lugar por posibles problemas con la autoridad) y llegaba tarde. Recogí a unos amigos y esperamos en el aparcamiento de mi casa a que llegara el resto para subir todos juntos. Nos juntamos un buen grupo y lo salpicamos con un poco de sidra, algo de cava, vino, un par de guitarras y un cajón flamenco. ¿Para qué queremos más? Fue una excursión espectacular. A lo propicio del entorno se sumaron las vistas de Madrid –¡Ay, Madrid, mi Madrid!–, las canciones improvisadas y la carga de la despedida.

– ¡Me falta gente en esta foto!

Como siempre, lo más duro fue decir adiós, alargado por los abrazos, las fotos y las promesas de visitas que confío se cumplan. Llegué a mi casa a las cinco de la mañana, con poco más de una hora para pegarme un duchazo y salir hacia el aeropuerto.

¿Qué os voy a contar que no sepáis del tedio que supone viajar a EE. UU., con todas sus reglas, normas y controles? Pues que consiguieron añadir el agotamiento psíquico a mi más que maltrecho cuerpo. Fue subir en el avión y sumirme en un placentero sueño. Mientras dormía soñé que vivía en la ciudad más magnética del mundo. Cuando desperté estábamos aterrizando en ella.

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