La palabra: arma y escudo

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“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” escribió Ludwig Wittgenstein. Las personas construimos nuestra realidad con ideas que son ladrillos a los que las palabras dan consistencia. Con esas mismas palabras, argamasa de nuestra idiosincrasia, somos capaces de relacionarnos también con el resto de personas del mundo.

Siguiendo el aforismo de Wittgenstein, cuantas menos palabras –independientemente del idioma– conformen nuestro lenguaje, menor será nuestro mundo: podremos relacionarnos con menos personas y comprender menos fenómenos.

¿Si el lenguaje conforma el rudimento esencial para aprehender la realidad, por qué se le da tan escasa relevancia en España?

Hay una doble prueba de ello. Por un lado está la escasa atención que recibe las asignaturas de idiomas en el sistema educativo español. En concreto, la asignatura de Lengua y Literatura se ha convertido en la cabeza de jíbaro que reducir cuando al Gobierno de turno se le antoja introducir nuevas asignaturas. La segunda prueba es que  los recientes presidentes del Gobierno español, máximos representantes de la sociedad española, no hablan ni una palabra de inglés. Es una vergüenza que el presidente del Gobierno de España, cuando se reúne con presidentes internacionales como Obama, solo sepa decir “Hello”. Y España parece no darle relevancia.

Se pueden sacar muchas conclusiones de este desinterés, pero si volvemos a recurrir al aforismo con el que comencé, los límites del mundo de España son muy reducidos. Quizá no llegan más allá de las fronteras del país o de aquellos países donde se hable castellano.

Esto choca frontalmente con nuestras aspiraciones como nación. Recientemente España se ha congratulado de haber sido reconocido como invitado permanente de la cumbre del G-20. Las reuniones de este grupo, en las que participan países con múltiples lenguas, tienen el inglés como primer idioma.

El español es el segundo idioma del mundo por el número de personas que la tienen como lengua materna, solo aventajado por el chino mandarín, pero eso no nos excusa de aprender otras lenguas. Si olvidamos eso, nos estaremos condenando al ostracismo en un mundo que cobra muy caras las segundas oportunidades.

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