Night Music Gallery y más, mucho más

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He tenido un fin de semana de esos que no se olvidan, teñido de blanco.

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Todo comenzó el viernes. Desde hacía una semana corría el rumor como la pólvora: el viernes nieva. Casi todos los avances meteorológicos así lo anunciaban. Y así fue. La tarde del viernes empezó a nevar y a cuajar, que es lo más importante. Cuando a las nueve y algo me fui a Korallen para asistir a la Fiesta Romana, la nieve caía a mantas. Al llegar a la residencia, una capa de nieve cubría mi abrigo antes negro. La fiesta estuvo bien. El tema tenía que ver con Italia porque hemos tenido a 8 italianos visitando a Michele. Todos han dormido apiñados en su habitación. El cuarto parecía más una tienda de campaña, abarrotada de sacos de dormir y maletas, que una habitación corriente y moliente.

A eso de las tres la fiesta perecía, así que, como buenos nómadas de la diversión, nos fuimos a una Techno Party en uno de los departamentos de la Universidad. Había bastante gente y la música estaba bien. Bailamos durante un rato y a las cuatro nos fuimos a casa. En menos de media hora estaba soñando con los angelitos.

El sábado fue un gran día. Me levanté a las 10:30 porque Lisa y yo queríamos ir a Roskilde a ver si ya habían puesto el mercadillo de Navidad. La respuesta es no. Estuvimos paseando y Lisa compró varias cosas innecesarias de las que luego siempre se arrepiente. Dice que la culpa de que compre tanto es mía. Pero yo no compro nada. ¿Cómo puede ser entonces? Obviamente, ni ella lo sabe. Dice que es por mi compañía más que por mi influencia. No sé qué quiere decir… Espero que no sea malo del todo.

A las dos y media llegábamos a casa. A las tres comienzan los deportes. Estaba molida y, si quería salir por la noche y rendir, tenía que descansar. Me salté los deportes. (¿QUÉ?) Sí. Marianne se sorprendió. El voleibol es mi religión y he de confesarme y practicar asiduamente. Si no, iré al infierno de los que no aprecian un buen deporte. Preparé la comida -patatas al horno con queso, cebolla y pimienta-, comimos y luego me eché una siesta no reparadora. A las 18:15 cogíamos el tren hacia Copenhague.

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El destino era la Night Music Gallery en el Statens Museum for Kunst. Este museo es como el Prado en Copenhague, aunque más pequeño. Creo que ya os hablé de él porque tiene obras esenciales como La línea verde de Matisse. Ahora hay una exposición que se llama Reality Check y como parte de esta comprobación de la realidad, el museo organizó una noche de música abierta al público. Los eventos gratuítos y tan atractivos no se dan con frecuencia en Copenhague, así que asistir era obligatorio. Las puertas del museo fueron abiertas a las 19. Nosotras llegamos ahí 5 minutos antes, tiempo suficiente para ver a la gente abarrotada en la entrada. Dentro del museo el ambiente era genial: luces de discoteca que se movían hipnóticamente, música estilo chill out y mucha, mucha gente. Hubo tres actuaciones esa noche. El primero fue un discjockey llamado Asla. La segunda actuación fue a cargo de José González, un cantautor sueco de ascendientes sudamericanos. Él era el plato fuerte de la noche y estuvo a la altura. Con solo una guitarra y una voz melancólica llenó la sala, a priori fría e infinita. La última actuación fue la de Catbird, una banda de cuatro miembros -de los cuales uno tocaba el piano, trombón, xilófono y guitarra a la perfección- que con su música crearon el ambiente perfecto de relax y tranquilidad que hacía falta para cerrar una noche intensa.

Después de esta sesión de música y arte fuimos a cenar al McDonalls más cercano. ¡Olé! En la cola, unas muy jóvenes danesas borrachas empezaron a hablar con nosotros, probablemente atraídas por Maxime, un francés muy majo con el que casi siempre acabo coincidiendo en los actos más “culturales”. A Lisa, que es alemana, le dijeron que en Dinamarca creen que Alemania -y por extensión los alemanes- es fea. A Maxime y Marianne, que los franceses son atractivos y sexys. Toma estereotipos. Me quedé con las ganas de saber qué imagen tenían de los españoles.

Luego quedamos con el resto de la tropa de rucanianos que había por Copenhague. Estuvimos un rato en una plaza muy acogedora, decidiendo que hacer. Unos decidieron ir a una discoteca llamada Rust y otros, entre los que me cuento, fuimos a KB18, discoteca donde fue la after-party de la Night Music Gallery y para la que teníamos pases. No viene nada mal ahorrarse 50 coronas en tiempo de escasez.

Tardamos casi una hora y media en llegar a la discoteca, situada en una zona industrial al sur de la estación central. Cuando llegamos había una gran cola. El sitio prometía. Dentro mis expectativas fueron mejoradas. La música era genial; la gente, muy interesante -algunos inquietantes, como la mujer de la foto de abajo-; el ambiente, agradable; y la decoración, peculiar, como un pub venido a menos tomado por okupas y revitalizado. No sé, muy atractivo.

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El domingo ha estado nevando casi todo el día. Por esa razón, Michele nos ha convocado para una batalla de nieve que al final ha sido más un trabajo creativo: hemos creado un muñeco de nieve. Con una ambición desbordante hemos hecho un muñeco de cuatro bolas y casi dos metros -si no más- de alto. Cansada, he vuelto a casa y hemos visto una película: Little Miss Sunshine. ¡Qué gran forma de redondear un fin de semana próximo a la perfección!

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