Visita de los progenitores

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El fin de semana pasado me visitaron en casa mis padres. Llegaron el viernes a las 15 y se fueron el domingo más o menos a la misma hora.

Casualidades de la vida, ese viernes era la fiesta anual de la Universidad, la årsfest (“fiesta del año”, en danés así aprendéis algo): un fiestón enorme y que invadió todo el campus durante la noche del viernes 19. Varias carpas de circo a modo de salas de discoteca, con diferentes tipos de música y decoración; miles de personas, casi todos borrachos, bailando y pasándolo bien hasta que el cuerpo aguante. Mientras esto ocurría yo estaba comiendo un solomillo de 300 gr. en un restaurante en Copenhague. Si me das a elegir, dada la precaria situación alimenticia a la que me veo sometida aquí, creo que podéis imaginar cuál sería el resultado de mi elección.

De cualquier forma, fue genial ver a mis padres de nuevo. Ya han pasado casi dos meses, pero dicen que en casa sigue reinando la sensación de que estoy de vacaciones y voy a llegar de un momento a otro.

Como es natural, hicimos turismo por Copenhague y por Roskilde. Comimos mucho -lo necesitaba- y dormimos en un confortable hotel en la parte oeste del centro de Copenhague. Por cierto, la habitación era solo para dos personas y dormirmos tres las dos noches, algo que ponía muy nervioso a mi padre, formal, legal y sincero hasta la muerte.

El tiempo pasó volando, así que el domingo a las 14 ya estaba en el tren volviendo a casa.

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