El señor de la playa

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Salgo del agua helada y lo que más me apetece es tumbarme justo en la orilla, en el punto exacto donde las olas mueren y te refrescan el cuerpo. Pero no todas, solo las trepadoras, las intrépidas.

¡Qué momento tan agradable! Hacía mucho que no podía relajarme así, en el lugar que más me gusta de la playa. Estaba tan concentrada en disfrutar del momento, sintiendo la brisa, escuchando el rumor del agua y el murmullo de la gente que no pensaba en nada.

Mis ojos estaban cerrados, ajenos a todo lo que pasaba alrededor. De repente, viniendo de la nada en la que estaba envuelta, unas palabras rompieron mi tranquilidad, como un sueño en el que tropiezas, sacándote rápidamente del mundo onírico para recobrar la consciencia. Esas palabras que rompieron el encanto fueron “Se creerá que la playa es suya”. Noto una sombra por encima de mi cabeza. Alguien había caminado por encima de mí. Abro los ojos, el sol me duele y no me deja ver bien.  Cuando enfoqué, vi a un señor que me miraba con rabia unos metros más allá. Lo miré incrédula, sin saber muy bien lo que había pasado ni por qué era objeto de sus críticas. Seguía caminando, con su bañador azul apretando su cintura y sus ideas.

Pensé que era cierto, que estaba incomodando a los paseantes, obigándolos a evitarme. Yo estaba ahí, tumbada a lo largo de la orilla. Un saco de metro y algo bloqueando el camino. Tenía razón, que incómoda debo estar siendo, pensé. Pero luego me di cuenta de que no era así. A la misma altura a la que yo estaba había cantidad de niños jugando, construyendo castillos o canales para que pasase el agua. El señor tuvo que evitarlos también a ellos, con su cara de perro perenne. Malhumorado. Debía esperar que nosotros, mortales, al verlo pensásemos: “Aquí viene el señor de la playa, apartémonos”.

Aún estaba cerca, así que estuve a punto de decirle, bien alto para que me no pudiera dejar de orime, que la playa era de todos, que esos eran mis dos metros cuadrados y que no podía creer cómo le estabamos molestando tanto. Lo cierto es que la playa no estaba llena. Había gente, eso sí, pero no era Gandía en julio o agosto, sino Gandía en el puente de mayo. Animada, pero no repleta.

Recapacité. Decidí no dedicarle ni una palabra a ese idiota. Pobrecillo. Su vida debe ser un tormento, sintiendo molestías nimias como si fueran una piedra en el zapato que te acompaña durante una peregrinación. Siento lástima por las personas que no disfrutan de su vida y que no dejan disfrutar a los demás, por lo menos lo intentan.

Seguí en el mismo sitio donde estaba. Ya habían pasado unos minutos. Permanecí otro rato, disfrutando. En menos de un segundo ya había olvidado al pobre amargado. Ahora vuelve a mi cabeza. Lo siento por él.

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