Gandía ’08

Estándar

Ayer llegué de Gandía después de haber pasado todo el puente en la costa valenciana.

Antes de marcharme pensaba que este año el viaje iba a ser completamente diferente, pero para peor; sobre todo porque todas las compañeras del equipo con las que había hecho este viaje hasta ahora no venían por diversas razones. Y también -por qué no decirlo- porque los chicos, sobre todo Dani y el Énfermer, tampoco venían. Todo aquello que había hecho bueno este viaje los últimos 3 años no iba a estar éste, así que claro, ¿qué iba a esperar?

Bueno, pues la verdad es que me lo he pasado igual de bien o mejor que en los años anteriores, a pesar de que todo ha sido completamente diferente.

Para empezar, tengo que asegurar que este año he jugado al voley playa mucho más que los anteriores. Me levantaba temprano, desayunaba y me unía al grupo de las juveniles; siempre frescas como lechugas. Yo, con mis achaques, aguanté horas de sol y de esfuerzo unidas al sueño tras una noche de juerga por los locales más pachangueros de la playa de Gandía. La única licencia que me permití fue la de dormir la siesta el viernes. En mal momento, porque todos me lo recordarpon cada vez que tuvieron oportunidad.

Sobre la gente, ¿qué puedo decir? Que me lo he pasado genial con mis compañeras de habitación, que Blanca está mucho más loca de lo que me había imaginado -y eso es mucho, muchísimo-; y que Marta tiene una risa contagiosa que no conocía y un humor ácido que me encanta. Este año la relación con las chicuelas más pequeñas ha sido genial, sobre todo porque una no puede dejar de pasarlo bien con tipejas como Andrea, Marta y Amaya. Vaya tres que se han juntado. Sobre todo porque dos de ellas parecen inocentes…

Sobre los momentos, no creo que pueda olvidar la retahíla de coñas con fecha de caducidad que tuvimos y que Blanca recopiló en una lista. Cada vez que escuche las palabras “limpiafondos”, “muffin”, “bufar”, “frontón”; o expresiones como “cuello por dentro” o “en ocasiones meo líquido” no podré dejar de pensar en las risas que nos echamos y cómo pude llorar, sobre todo cuando Blanca tuvo el tormentón de ideas durante la cena del sábado. Tampoco olvidaré nunca cómo fue esa noche, “la noche”. Aunque me enterase de todo a la mañana siguiente, la cosa trajo tanta cola y tanta coña que me resultará difícil dejar de recordarla. Los golpes, los gritos, el recepcionista, las amenazas, las risas de las cabronas de mis compañeras a las seis de la mañana. Todo. Otra buena concentración de momentazos eran las cenas, con Hugo y Blanca poniendo caras raras, bocas de ano o moviendo músculos que ni sabía que existían. Vaya par que se han ido a juntar.

Aunque ninguna de mis compañeras repitiese, sí que hubo gente a la que volví a ver durante el viaje, como por ejemplo Rosa, la camarera asesina (también conocida como Teresa -la de las tetas sobre la mesa-); el maître, con sus manías a la hora de completar las mesas; el camarero de la pluma y el pelo criminal o la recepcionista simpática. También se repitieron situaciones de otros años, como cuando las chicas entramos en la habitación de los chicos y les hicimos unas cuantas jugarretas. Si es que ya sé yo que nuestras caras de ángeles engañan, pero en realidad somos malas, muy malas. Lo peor de eso fue que los chicos, antes de imaginarse que habíamos sido nosotras, pensaron que el recepcionista de la noche le había dado la llave a otra persona y claro, bajaron a quejarse. Cuando la noche siguiente llegué yo solita con los chicos a los que había puteado y el recepcionista nos abrió, su cara era un poema y su primer comentario fue “Anda que no lo pasé mal anoche por tu culpa”. Pobrecillo.

Ahora que todo ha terminado y que otra temporada ha caído, me siento nostálgica por anticipado. Últimamente es una sensación que tengo con frecuencia y es que sé que todas estas cosas que son casi costumbres y que hago con tanto gusto, el año que viene no van a poder ser. Ya sé que estaré haciendo otras, algunas mejores y otras peores; pero cuando Mané me dice que el año que viene a lo mejor cambiamos a un hotel mejor y cuando las pequeñuelas me preguntan si volveré, no puedo dejar de pensar que no estaré ahí.

Para más inri, este viaje siempre supone el mayor punto de inflexión del curso, ya que tras no haber hecho nada en casi 7 meses, ahora me toca pegarme la gran paliza y ponerme a estudiar como una loca si no quiero llevarme de Erasmus 14 asignaturas. Es cierto que regreso con ánimos y fuerzas renovadas, pero con lo cuesta abajo que he ido todo este año -hablando de esfuero, se entiende- no sé si podré remontar la situación ahora. Seguro que sí o eso espero.

Antes de acabar, agradeceros a todos vuestra magnífica compañía: Blanca, Marta, Ana y Hugo, Javi y Montse, Javi y Gabriel, Andrea, Marta, Amaya, Nelly, Mané y todos con los que he compartido algún momento, bueno o mejor.

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