La fiesta del árbol

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Menudo fiestón que nos pegamos ayer. Estuvimos casi 8 horas en Colmenarejo bebiendo, riendo, tostándonos al sol, saltando a la comba, jugando al balón gigante, compitiendo en la gymkana… De todo!

La fiesta del árbol. Nunca había estado, pero está claro que habrá que repetirlo.

Como casi siempre, la cosa comenzó quedando para comprar alcohol y llegando todos tarde. Bueno, todos menos Nacheras y yo. Yo hubiera llegado tarde si Nacho no me llega a llamar y decirme que fuera ya al Burgo porque él ya había salido de trabajar. Casi una hora que estuvimos esperando al resto de pelotudos. Compramos, comimos en el Burger -craso error- y cogimos el coche para ir hacia Colmenarejo.

El trayecto fue de coña. Le cogí el coche a mi padre, porque es un “mecherillo”. Lo malo es que no es muy potente y para subir la carretera de El Escorial le faltaba bastante potencia. Así, nos vimos 5 personas en el coche, 3 de ellas chicos bastante grandecitos, y subiendo por una carretera casi de puerto, con sus curvas y su paraje silvestre mientras escuchábamos a los Creedence. Fue el momento más country de nuestras vidas, os lo aseguro.

No tardamos nada en llegar a la Universidad Carlos III. Aparcamos casi en la puerta -sí, señor-, descargamos y caminamos un trecho hasta donde estaba la fiesta. Primera impresión: esto va a ser un coñazo. Había poca gente, la música era bastante mala y parecía que íba a ser como un botellón normal, pero en Colmenar-lejos. Además, acabábamos de comer y por mucho hueco que tratásemos de hacer, ahí no entraba nada.

No tardamos en acomodarnos en un lugar cómodo. Desde donde nos colocamos se veía una zona acordonada -a modo de escena del crímen, pero en grande-, en la que iba a haber una gymkana. Dijimos que menudos locos tenían que ser los que se pusiesen a participar en eso delante de todo el mundo y pedísimo. Por la boca muere el pez, ¿no? Luego los organizadores estaban haciendo promoción y pasaban cerca de los grupos gritando por un megáfono que el premio para el equipo ganador sería un barril de Heineken. Carol, que estaba a mi lado, me dijo “¿Quién va a querer un barril de gérmenes?”. Creo que no me pude reir más en todo el día. Qué bueno fue.

Al poco, llegó el resto: los amigos de Xavi.

No serían más de las 16:00 cuando Humberto, compañero de Xavi de la Universidad, llega y nos dice: “¡Ey, chicos! Nos he apuntado a la gymkana, nos llamamos Jarra y pedal”. La madre que lo parió, efectivamente nos había apuntado a la gymkana. Al principio lo odiamos, luego se lo agradeceríamos, aunque no de palabra; porque la verdad es que mereció la pena.

La gymkana consistía en tres pruebas: carrera de sacos -un clásico-, tirar de la cuerda (contra el otro equipo y a ver quién pasaba antes la línea) y el duro, pero a escala gigante, con una pelota de casi 60 cm. de diámetro. Fue un descojone. Aunque perdimos la carrera de sacos, el resto de las pruebas las ganamos. Bueno, qué ganar, ¡arrasamos! Lo mejor fue el premio: ese barril de cerveza de 5 litros que el equipo levantó como si hubiesen ganado la Champions League.

Después de festejar a lo grande la victoria cogimos la pelota gigante y nos pusimos a jugar a una especie de voleibol extremo con ella. Al poco tiempo se nos habían unido todos los locos del lugar y jugar era un caos, pero muy divertido. Además, Dani era el encargado de la bola y cada vez que se iba a tomar per cloisters o alguién le pegaba una patada fuerte, solo había que mirar su cara.

Cuando uno de los cientos de personas a los que les tiramos el mini o golpeamos con el bolón nos la quitó y se acabó la diversión, empezamos a hacer el gañan, a rociarnos con bebidas gaseosas o a hacer exploraciones por el monte para ver hasta dónde llegaba la fiesta. En una de esas, vimos una caja de plástico con una napolitana en el suelo. Estaba al lado de una pareja, así que no podíamos cogerla y largarnos sin más. Así que pasamos al lado y dije: “Una napolitana”. Al poco me la estaba comiendo. ¡Qué maja la parejita! ¡Qué loco H! Y luego queríamos también sus patatas y hasta el bocata, pero eso ya era pasarse. ¡Menuda hambre!

Empezaba a oscurecer y se oían voces preguntando cuándo nos íbamos. Había que animar el cotarro y qué mejor que coger una cuerda que estaba anudada a un árbol y utilizarla para saltar a la comba. Esto ya fue lo último. La gente, sobre todo chicas, se acercaban a nosotros y nos pedían entrar. Llegamos a estar 5 dentro saltando a la vez en una comba de no más de 4 metros. Fue increíble. Lo peor fue devolver la cuerda, porque en el camino hacia su dueño, me encontré con un chico que me dijo: “Por favor, átame, átame fuerte y haz conmigo lo que quieras”. No me lo podía creer. Me escabullí como pude, dejando la cuerda en el maletero del dueño; pero el chico me hizo cogerla de nuevo y atarlo. Cuando lo había atado, dejé un cabo suelo y le dije a uno que pasaba por ahí “Perdona, sujeta esto un momento”. El chico lo sujetó y yo me largué. ¡Ahí os quedáis!

La fiesta se estaba acabando y, como es mejor retirarse en alto, nos fuimos. Por el camino decidimos ir a cenar todos juntos al Telepi del Heron. Así que ya véis lo bien que me alimenté ayer, typical american way: fast food.

Cuando pienso en lo bien que me lo estoy pasando últimamente en estas fiestas y que el año que viene no voy a estar aquí me entra una especie de nostalgia anticipada. ¿Qué se le va a hacer? Seguro que en Roskilde hay buenas fiestas también. O eso espero…

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Un comentario en “La fiesta del árbol

  1. Señor Verde

    Una cronica de un dia de fiesta muy bien ejecutada.
    Rara vez se ve algo asi escrito de una forma tan correcta.
    Empiezo a notarte la deformación profesional.

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