El vecino

Estándar

El vecino era un tipo peculiar.

Para acercarse a nosotros tramó un plan seguro: primero se acercaría a un miembro del grupo en solitario y, una vez hecho esto, podría acercarse al resto con alguna treta. Y así ocurrió.

Carol llegó de esquiar antes que el resto y sin llave, por lo que se vio obligada a esperar en el pasillo hasta la llegada de los demás. El vecino, siempre alerta, salió al pasillo y amablemente la invitó a pasar para hacer más leve la espera. Carol accedió. Entró en su apartamento para cuatro personas, conversaron un poco y salieron al balcón. Carol nos vio llegar, así que se despidió y salió de la casa del vecino.

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Esa misma tarde, un par de horas después, alguién llamó a la puerta. No solía llamar mucha gente, así que la visita era inesperada. Alguien se acercó a abrir la puerta. Ahí estaba el vecino, con una taza en la mano.

– Hola, ¿está Carol? Bueno, en realidad venía a por un poco de sal -dijo mientras agitaba en el aire la taza que sostenía.

– Sí, sí. Pasa.

El trabajo estaba casi hecho.

Nosotros somos un grupo amigable y abierto, así que tras invitarlo a pasar alguien le ofreció una copa de whisky y asiento. El vecino se sentó y comenzó a contarnos su historia: cómo había deparado en Isola, cómo había pasado a alojarse en una habitación de cuatro él solo y algunas cosas más. La historia nos hizo ver que estaba muy solo, un poco tirado, por lo que despertó en nosotros cierto sentimiento de solidaridad. El vecino parecía majo, pero algunos de sus comentarios nos hicieron ver que quizá había algo más. Nos dijo que había estado mirando nuestra terraza y que había muchas tablas de snow. También apuntó que éramos cuatro chicas y preguntó el número de chicos. Tres dijimos.

Cuando llegó la hora de marchar se dirigió a la puerta. Se despidió educadamente y lo invitamos a que regresara más tarde, después de la cena. Se olvidaba la taza con sal. Se lo recordamos. La tomó y se fue. Buena táctica la de la sal. Había desvelado casi todas sus cartas y eso no se puede hacer delante de jugadores de póker. Lo habíamos calado. Alguien dijo que probablemente hubiese puesto un micrófono para controlarnos. No creo que le hiciese falta pues las paredes eran de papel de fumar.

Esa noche nos fuimos a dormir temprano. Apagamos las luces, corrimos las cortinas y preparamos las camas. Estábamos todos arropados, pero seguíamos hablando y riendo. De repente, llamaron a la puerta. Todos pensamos lo mismo: “El vecino”. Casi obligado, Chavi se levantó a abrir la puerta y a invitar al vecino a volver a su casa. Con su diplomacia natural, le dijo que estábamos acostados y que nos veríamos al día siguiente. El vecino, antes de irse dijo que había mirado por la ventana y que, a pesar de haber visto las luces apagadas y las cortinas corridas, se había acercado. Un par de hasta mañanas más tarde y ya estaba cada uno en su casa. Nosotros, riendo; el vecino, tal vez escuchando.

La misma historia se repitió al día siguiente. Marta, sin llave, regresó al apartamento antes que los demás, aunque esta vez esperando encontrar a alguien ahí. No fue así, por lo que de nuevo, uno de nosotros se sentó en el pasillo a esperar durante un rato. Y como no, el vecino llegó de esquiar e invitó a Marta a pasar a casa. Marta, estoica, rechazó la invitación; aunque no cierta conversación. El vecino volvió a sacar el tema de la noche anterior. Repitió que se había acercado a la puerta a pesar de los signos que indicaban que ya descansábamos. Pero esta vez añadió algo más. Dijo que una vez en la puerta había escuchado voces y risas y que por eso se animó a llamar.

Nos había estado espiando.

A Carol la idea del vecino le causaba urticaria. No comprendía como alguien se podía ir de viaje solo y por qué se tenía que acercar a nosotros precisamente. Su animadversión se vio acrecentada por nuestras bromas sobre el interés que el vecino demostraba por ella, llevadas hasta cierto paroxismo en algunos casos. Por eso, Carol era una bomba de relojería.

Los días pasaron y las historias con el vecino siguieron surgiendo. Que si quería que Carol le diera unas clases de esquí o si venía a beber un licor de hierbas y aprender a jugar al póker y luego, a la hora de la timba, estaba amodorrado y no se acercaba.

La bomba estalló un día, el último. Fue durante la salida del grupo entero a una discoteca cercana a los apartamentos. Todos los españoles estábamos juntos, riendo, bailando -algunos más desaforados que otros- y pasándolo bien. El vecino había estado toda la noche con nosotros. Primero jugando al duro y luego en el local. Cuando las chicas nos movíamos a reconoer la zona, él venía con nosotras. La sensación de agobio fue en aumento y Carol, cuando ya no podía más, le dijo lo que pensaba. Le impuso un espacio que debía mantener, algo así como una orden de alejamiento no oficial. Carol estiró sus brazos y dijo: “Ésta es la distancia”. El vecino le dijo que era la chica más borde que había conocido nunca a lo que Carol le respondió que ella había ido a ese viaje a pasárselo bien y estar con sus colegas. El vecino le preguntó si él no era su colega. Carol, tajante, dijo que no.

Esa noche lo volvimos a ver ya en casa. Había dejado algunas cosas en una bolsa y vino a recogerlas. Había tenido que dejar su habitación la noche anterior y no tenía donde dormir. Nosotros creemos que quería quedarse, pero la falta de espacio y cierta desconfianza nos impidieron ofrecerle un hueco.

Al día siguiente el vecino había cambiado. Estaba áspero, no respondía a nuestras preguntas y su cara era menos amable que de costumbre.

No sabemos dónde durmió ni que estuvo pensando durante todo ese tiempo, pero sí sabemos que el vecino estaba solo y que, aunque no fuimos todo lo acogedores que podríamos haber sido, le faltaban ciertas habilidades sociales como el control del silencio. Saber callarse lo que uno sabe ha sido una de las lecciones del viaje.

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Un comentario en “El vecino

  1. Celebro verte de vuelta. Es curioso cómo los sucesos que nos ocurren dotan de tanta viveza a los escritos. Has mantenido la intriga de lo que pasaba con el vecino hasta el final. Un tipo curioso, sin duda, y probablemente enfadado consigo mismo al no poder convivir con la soledad sin entrometerse con tan poco ingenio en vidas ajenas.

    Me gusta la moraleja, aunque nunca me gustaría ceñirme a una sentencia concreta. Controlar el silencio me parece mejor que dejar que el silencio lo controle a uno. Dice el refrán que es mejor callarse y parecer idiota que hablar y despejar la duda, pero personalmente creo que es una idiotez. Pienso que lo mejor es expresarse a uno mismo siguiendo algunas pautas racionales y humanas, como el respeto a la intimidad y el sentido de la honradez, y que la naturaleza haga el resto.

    Un saludo.

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