“El gran Gatsby” de Francis Scott Fitzgerald (1925)

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He de confesar que desde hacía algun tiempo tenía ganas de ver la adaptación al cine de este libro de F. Scott Fitzgerald y que siempre que puedo leo antes el libro de ver la película.

A esto se suma que últimamente y por diverentes fuentes he leído varios comentarios sobre el libro, lo que significó para la época, etcétera. Así que me animé definitivamente cuando durante mi última visita a Londres encontré una edición interesante de la editorial Wordsworth en la serie Wordsworth Classics, de la que tengo otros títulos como Retrato del artista adolescente, de Joyce; La letra escarlata, de Hawthorne; Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo, de Lewis Carroll; y Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. Si contáis veréis que en total hay seis libros. El de Joyce y el de Austen los compréen otra ocasión, pero los cuatro restantes los compré en una oferta de 4×6 libras. Cada uno por su cuenta costaba 1’99 libras, así que me ahorré un libro. Guachi.

Acabo de terminar de leer el libro. Es 27 de agosto. Se me ha hecho breve, demasiado breve. Esto es algo que pasa pocas veces: quisiera seguir leyendo sobre esta historia para siempre, que siguiera viva, progresando; como me ocurrió con Los miserables, A sangre fría o La peste.

De aquí en adelante hay algunos spoilers. Lo siento.

Gatsby es un personaje que me ha desorientado, atraído y alejado de forma alterna. Cuando habla con cercanía y confianza a Nick o sabemos lo que ha sentido todos estos años por Daisy no puedo evitar sentir afinidad con él, piedad, compasión; pero cuando descubro que miente me causa rechazo. Luego, descubro que se ha hecho a sí mismo, que con esfuerzo, trabajo, dedicación, valentía, amor y esperanza ha dejado de ser Jimmy Gatz para ser Jay Gatsby, ese hombre insondable, escurridizo y esquivo, al que todos creen conocer, del que todos creen saber algo, pero a cuyo funeral nadie acude. No puedo creerlo, pero me lamento por Jay: tanto tiempo dedicado a un único fin, con una única idea en la vida para que luego todos los que estuvieron implicados en el proceso de su consecución lo abandonen.

Este es con diferencia uno de los mejores libros que he leído. Está contado desde la perspectiva de una persona desorientada respecto a Jay, Nick Carraway, quien, al igual que los lectores, irá descubriendo las bondades del vecino opaco o, mejor dicho, espejo de feria, ya que deforma la realidad según le es necesario para adaptarla a su interlocutor y a su propósito. El contexto es importante: la era del jazz, del renacer, los prolegómenos de los felices años veinte, cuando la gente comenzó a vivir de forma hedonista y epicúrea, a ser egoístas, a olvidar lo que es el amor por el sexo, a vivir según los convencionalismos sociales, a dejar de lado la amistad por los miedos, a engañar, traicionar, asesinar; en definitiva, a deshumanizarse.

No sé qué ha sido lo que el libro ha despertado, pero creo que es la perseverancia de Jay por completar lo que dejó a medias, su dedicación a un sueño del pasado. Es esa idea de vivir anclado en el pasado, definir el presente y planear el futuro según lo que fue, lo que ha cambiado, lo que ya no conocemos, pero anhelamos que siga indeleble. Es esa faceta de Gatsby la que me ha desgarrado, esa ingenuidad de niño que no ha sufrido aún un desengaño, que no sabe lo que es ser mayor, maduro, vivir para el escaparate.

Jay se introduce con soberbia maestría en un mundo al que no pertenece y engaña a todos sus miembros originales. Sabe lo que les interesa y se lo ofrece, como a un caballo dirigido por una caña de cuyo extremo cuelga una zanahoria; con la única finalidad de servir de cepo para su alondra, aquella ave blanca que el recuerda pura y libre a la que quiere atraer a sí. Es en ese cepo, dentro del engranaje para ello constuído, es en el que se propicia el encuentro entre Jay, Nick y Jordan. Algunas palabras que ilustran la relación de Gastby con el mundo dionisiaco son:

“One night I did hear a material car there [en la casa de Gatsby], and saw its lights stop at his front steps. But I didn´t investigate. Probably it was some final guest who had been away at the ends of the earth and didn´t know that the party was over”.

Jay Gatsby es muy inteligente. Cuando era joven, antes de dejar su hogar, escribió una lista con las cosas que debía hacer para cumplir su propósito: tener éxito. Algunas de los elementos de la lista son no malgastar el tiempo, no fumar o mascar chicle, bañarse cada día, leer como mínimo un libro o una revista productiva a la semana, ahorrar 3 dólares y ser mejor hijo. Jay, entonces Jimmy, nos deja ver que sabe lo que es bueno para él y para los que lo rodean. Será con Gatsby con quien aprenderemos que en la clase alta y pudiente no encaja un chico del oeste, pobre, casi sin formación; y cómo todo snob venerará a aquel del que pueda chismorrear, aprovecharse y citar en una conversación a modo de name dropping. La imagen cuidada, las camisas exóticas y originales, los trajes extravagantes y ostentosos, una gran casa en la que celebrar fiestas cada noche y, sobre todo, un halo de curiosidad y desconocimiento son las armas de las que se vale Gatsby para embrujar a todo aquel que se acerque por su mansión del West Egg.

El personaje de Nick es a la vez víctima y verdugo de Gatsby: sufre sus engaños, su pseudo-manipulación e instrumentalización; pero también es quien lo acerca decididamente a Daisy, quien significará su tragedia, el reencuentro, el amor que traiciona y duele, que olvida y que, al final, implica la muerte. Al mismo tiempo que Gatsby, Nick también vive una relación amorosa, pero de forma menos vívida, con Jordan Baker, la golfista, íntima amiga de Daisy. Su relación tampoco progresa y Jordan, consciene, lo expresa con esta bella metáfora:

“You said a bad driver was only safe until she met another bad driver? Well, I met another bad driver, didn´t I? I mean it was careless of me to make such a wrong guess. I thought you were rather an honest, straightforward person. I thought it was your secret pride”.

Así, todos los personajes en este libro muestran dos facetas y, gracias a esas dos caras de la moneda, Fitzgerald puede crear con sencillez, pero exactitud, un puzzle en el que las piezas acaban encajando por sus cuatro costados, interrelacionadas, conectadas a pesar de todo y con una pieza central: Gatsby. Fue su aparición la que exigió una reorganización del puzzle y será él quien se convierta en su eje central. Además, es un cuento de reciprocidades, de reajustes, de paralelismos, sobre todo dentro de la pareja central, Tom y Daisy, lo que repercute, cual réplica de terremoto, en el resto de los personajes.

Como siempre, os voy a dejar algunas referencias externas a la obra, para que leáis otras perspectivas. La mía es bastante superficial y poco analítica, más bien sentimental. Por eso, aquí están esos enlaces:

Wikipedia: El gran Gatsby

Mario Vargas Llosa: El gran Gatsby: Un castillo en el aire

Worms Inside: Las penas de amor del viejo Gran Gatsby

Cuadernos para el desastre: El gran Gatsby (Francis Scott Fitzgerald)

Zona de guerra: El gran Gatsby (1925), Francis Scott Fitzgerald. La historia de una tragedia

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