LONDON I

Estándar

Acabo de levantarme después de la primera noche en casa tras el intenso viaje-maratón de 6 días por Londres. Solo he dormido 8 horas, cuando pensaba que con el cansancio acumulado y por el hecho de volver a mi cama dormiría por lo menos diez horitas o así. Aún así he descansado suficiente y tengo fuerzas renovadas para contar cómo ha ido el viaje.

Primero, remarcar que un viaje con la familia, concretamente mi hermano y mi madre, y por una ciudad tan grande e intensa como Londres se puede definir como… ¡Agotador!

He de decir que no era la primera vez que visitaba Londres: ya estuve cuando tenía 13 años, allí por 1997. Fueron solo tres días de estancia, de los cuales uno de ellos fue para visitar un colegio al que me iban a mandar para pasar el verano y aprender inglés. Al final no fui, pero eso es otra historia.

Venga, allá vamos con el relato. Quiero advertir que va para largo, así que estáis adevertidos… Por ese motivo he decidio dividir el relato por días, por tanto tendremos seis capítulos, ok? Comenzaré por el principio, como es de recibo.

Domingo 12 de agosto de 2007

Nos levantamos a las 04:00 para poder estar en el aeropuerto a las 05:00. Aunque nuestro avión no salía hasta las 07:00, siempre recomiendan estar un par de horas antes en el aeropuerto, por lo que pueda pasar. Las maletas, las mochilas y todo lo que íbamos a llevar con nosotros estaba preparado desde el día anterior. Quienes me conozcan sabrán que soy una persona muy ordenada y precavida, la típica a la que nunca se le olvida nada, así que, como podréis imaginar, fui la encargada de empaquetar y organizar todos los preparativos. Mi madre y mi hermano se limitaron a seguir con su vida: televisión, lectura, videojuegos; pero nada de colaboración. Y aún así hay que quererlos. La espera en el aeropuerto fue breve y la pasé entre la sala de fumadores haciendo compañía a la adicta de mi madre y echando cabezadas en los incómodos bancos de la sala de embarque. Ya en el avión yo esperaba que mi hermano aterrorizase a mi madre, porque tiene pánico a los aviones, con frases como: “Mira, se está agrietando un ala” o “Qué bien que tengamos las salidas de emergencia tan cera, ¿no?”. Suenan inocentes, pero son más que suficiente para ponerle los nervios de punta. Tengo que decir que tanto el despegue como el aterrizaje fueron igual de delicados que una caricia. No nos enteramos de nada. Incluso mi madre estaba emocionada con lo poco que se había notado sobre todo el aterrizaje. Al piloto del vuelo EZY5472 de Easyjet, ¡enhorabuena!

¡Ya estamos en Londres! La llegada fue a Gatwick, segundo aeropuerto en tamaño y tráfico de Londres. Está muy bien comunicado y ofrece todo tipo de servicios. El tren está justo debajo del aeropuerto, así que solo tuvimos que comprar los tickets del tren, las Oyster Cards para visitantes (útiles para el metro y para los autobuses) y bajar a los andenes. Todo estaba muy bien indicado, así que en dos minutos ya estábamos en un tren que en tres paradas nos dejaría en la estación London-Victoria. Tras menos de cuarenta minutos llegamos a la estación. Una cosa que me llamó la atención de las estaciones de Londres es que todas son enormes. Como llegamos sobre las 10:00 de la mañana y hasta las 14:00 no podíamos entrar en el hotel, decidimos dejar la maleta en una especia de consigna en la que por 6 libras la maleta te la guardan durante 24 horas con total seguridad y garantías. Teníamos mucho tiempo por delante y estábamos al lado de lugares tan importantes como Buckingham Palace, Trafalgar Square y la National Gallery, Downing Street, el Big Ben, las Casas del Parlamento o la abadía de Westminster; así que esa fue precisamente nuestra ruta. Paseamos por toda esa zona de Londres sin entrar aún en ninguno de esos lugares, salvo en algunas secciones de la Abadía de Westminster, donde había bonitos jardines, un gran claustro y un pequeño museo con objetos con siglos de antiguedad relacionados con la vida en la abadía y con festejos como la entronación de los monarcas.

Ya había pasado un buen rato y es que en Londres el tiempo vuela, así que nos pusimos en camino de vuelta hacia Victoria Station para recoger la maleta y tomar el metro hasta Euston, la parada de metro más cercana a St. Athans Hotel, el Bed&Breakfast en el que nos alojamos. Llegamos sobre las tres y aún no tenían preparada nuestra habitación, así que pasamos a sentarnos a una especie de salita de estar donde se veía la televisión. En la sala había dos hombres viendo una peli de hace poco menos de sesenta años con un humor un tanto horrible. Yo me puse a ojear una revista del corazón y mi madre y mi hermano se miraban mutuamente poniendo caras. La chica de recepción vino a buscarnos y nos indicó dónde se encontraba nuestra habitación: en la última puerta de la más alta torre en el ala más alejada del mundo. A tomar por c***, vamos. Estaba en la tercera planta, a la que llegar por la tercera escalera, la cual iba estrechándose según subía en altura. Como referencia métrica diré que la maleta al final pasaba de milagro y que subirla fue más agotador que la San Silvestre Vallecana. Pasó un rato hasta que nos acomodamos por completo. Lo que más costó fue que mi madre se hiciera a la idea de que iba a compartir ducha y váter con todo el hotel. Esto es algo muy común en Inglaterra, donde las habitaciones de los Bed&Breakfast solo tienen lavabo y el resto es comunitario. Estuve un rato analizando todos los baños de nuestra planta, hasta que encontré uno al que no le podría poner muchas pegas y se lo mostré para que no se asustase. También le advertí que por su salud mental no visitara otros baños y que mejor lo hiciera siempre entre las 16:00 y las 19:00, horas en las que están más limpios porque los acaban de acondicionar y aún no hay mucha gente de vuelta en el hotel.

Tras esto decidimos ir a echar un ojo por el barrio de Bloomsbury, en el que nos encontrábamos, y por el Soho, que está al lado. La zona es muy bonita, tiene grandes parques en todas las esquinas, casas victorianas pintadas en colores pastel y edificios bajos de ladrillo. La circulación era tranquila por ser domingo y se podía pasear con calma por todas las calles. Mientras paseábamos ibámos buscando un lugar para cenar, así que cuando en New Oxford Street encontramos un bufé tailandés nos decidimos a pasar y sentarnos. La comida en general no sabía a nada, así que tras probar todos los platos nos concentramos en una especie de nano-rollitos primavera que ganaban encanto al mojarlos en salsa de yogurt o barbacoa. Nadie se quejó en el momento, porque la comida estaba bien de precio y nos atendieron con mucha amabilidad, pero en la mente de los tres estaba la idea de que la comida había sido un poco deficiente, algo que salió a la luz días después por comparación con otro tipo de comidas y restaurantes.

Paseamos de vuelta al hotel y ya en la habitación no tardamos nada en meternos en la cama. Era temprano, pero también lo era cuando nos habíamos levantado, así que el cansancio era generalizado. Hablamos un rato sobre las impresiones del día y apostamos una bolsa de Maltesers a ver quién se dormía primero. Teóricamente ganó mi hermano, pero la bolsa de Maltesers fue para mí. Gajes del oficio.

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