El puente de san Pablo

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Todo sucedió a eso de las diez de la noche del viernes.
Una hora antes había llegado a Cuenca y había acudido al hotel donde previamente había reservado una habitación. Allí, Ana la recepcionista me preguntó si conocía la ciudad. Primera vez, respondí, así que ella, con su melenita cana bien peinada y sus gafas colgando bajo el primer botón abrochado de la camisa, se agachó bajo el mostrador. De allí sacó un mapa donde procedió a señalar con boli las rutas y lugares que debía recorrer y visitar. “Donde veas este dibujo de una cámara es que ahí hay un mirador”, me aclaró. “Photo opportunity”, pensé yo.
Tras dejar la bolsa en la humilde estancia, me puse en marcha. Ana había insistido en que merecía la pena ver las casas colgadas —que no colgantes— de noche. Hacia allí me dirigí.
Tras subir la cuesta infernal —como todas en Cuenca— que se eleva sobre la hoz del río Huécar, llegué a uno de los puntos que en el mapa aparecían destacados con una cámara de fotos. Desde allí la vista de las casas colgadas era impactante. Iluminadas en contrapicado, parecían flotar sobre un barranco de piedra y matorrales.

IMG_1515Desde allí hice las fotos de rigor y le dejé al mundo saber que por fin estaba en Cuenca gracias a Instagram. En el mirador coincidí con turistas ingleses, españoles y japoneses.
Cuando terminé de fotografiar las casas y la oscura hoz, procedí a cruzar el puente que comunicaba con el otro lado de la hoz y así poder adentrarme en el centro de la ciudad y allí buscar algún lugar para cenar. El mapa indicaba que su nombre era puente de san Pablo.
Desde la distancia el puente me recordaba al puente Eiffel en Girona, tanto por su color, como por su estructura. Sin embargo, al llegar al acceso al puente conquense me di cuenta de la gran diferencia entre ambos: si en el puente diseñado por el francés los caminantes cruzan por su interior, como si se tratase de una arteria que recorren cual glóbulos rojos; en el del puente de San Pablo, la estructura es la base que hay que recorrer por encima. En vez de estar rodeados de sólido metal, aquí lo único que protege al transeúnte es una baja barandilla.
Un tapón de gente provocado por una foto familiar me regala el tiempo suficiente para percatarme de la altitud del puente. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue su idoneidad para hacer benji-jumping. Acto seguido me pregunté cuanta gente se habría suicidado desde ese puente que ahora me disponía a cruzar. Pronto aprendí que también es conocido como el puente de los Suicidas. En ese momento empecé a sentir como el miedo comenzaba a apoderarse de mí. Sin embargo, tenía que cruzar. No había desvío o ruta alternativa. Solo podía cruzar el puente de san Pablo.
Empecé a caminar. Bajo mis pies la exangüe madera crujía. En ocasiones incluso cedía ante mi peso y se combaba. No mucho, pero sí lo suficiente como para poder sentir la flexión del madero, algo que hacía que se me parase el pulso. Antiguas imágenes de puentes de madera que se resquebrajan y parten por la mitad. Recuerdos inocentes de atracciones de feria, de un puente de cuerda y madera que crucé sobre algún río hace años.
Aceleré. Adelanté a uno de los turistas asiáticos, que me miró sorprendido. Quería correr, pero la idea de que alguien fuera a detectar mi acojone supino me refrenaba.
Aún no había llegado al ecuador del puente cuando me di cuenta de que entre tablón y tablón penetraba la luz. Me fijé bien. El hueco dejaba entrever lo que había debajo. Para mí, metros y metros de caída libre. Miré al frente. Faltaban unos 25 o 30 metros para llegar al otro lado. Ante mis ojos, la distancia se multiplicó. Vi alejarse el final del puente como si alguien estuviese estirando la goma de un tirachinas. Sudores fríos. ¿Cómo yo, temeraria, irreverente ante las comunes causas de miedo, estaba dejándome atrapar por el pánico? ¿O es que acaso tengo vértigo y hasta ahora no me había dado cuenta? ¿Estaré perdiendo oído?
Proseguí caminando rápido, casi a marcha. Los pasos más pesados hacían retumbar con más intensidad los maderos. Daba igual. Solo quería llegar al final del puente.
Por fin crucé el umbral. Tras subir un par de peldaños me apoyé en un mirador de piedra. Con ambas manos sujeté la roca fría, ansiosa de su firmeza. Desde allí, aún con el pulso acelerado, observé el puente de san Pablo.

PD:
Tanto el sábado, como el domingo regresé al puente. En ambas ocasiones caminé hasta su centro. Allí me detuve a mirar tanto alrededor de la hoz, como hacia abajo. He de confesar que la mayor parte del tiempo necesitaba rozar con una mano la barandilla. Me tranquilizaba, aunque pensaba racionalmente que de poco serviría la sujeción de una mano en el caso de que la madera se desvaneciese bajo mis pisadas.

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Portland, las bicis y las strippers

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A principios de diciembre pasé unos días de visita en Portland (Oregón), una ciudad de la que poco conocía (salvo quizá que era un imán para la comunidad creativa y bastante hipster), pero en la que tenía un par de amigas a las que quería visitar antes de regresar a España.

En el resto de Estados Unidos y en parte gracias a la serie “Portlandia“, Portland tiene fama de ser una urbe joven, moderna y preocupada por el medio ambiente. Unos la admiran porque es la ciudad con más kilómetros de carril bici del país y porque este medio de transporte está completamente integrado en su cultura. Otros, por sus originales y deliciosos donuts o por haber sido el jardín donde la semilla de los food-trucks consiguió florecer. «Portland es donde van a jubilarse los treinañeros», me escribió un amigo.

IMG_9906Sin embargo, algo de lo que poca gente habla al referirse a Portland es de su ingente cantidad de clubs de striptease, un fenómeno que es efecto directo de la laxa regulación de Oregón en materia de clubs de striptease y de concesión de licencias para vender alcohol. Los habitantes de Portland se jactan de que su ciudad es “la capital de los clubs de striptease de EE.UU.” y la ciudad con más clubes de striptease per cápita del país, afirmaciones que, aunque difíciles de comprobar, parecen ser fidedignas. Los mismos que alardean de los mencionados méritos también se congratulan de que en Portland se encuentre Casa Diablo, el único club de striptease 100% vegano del mundo, o de que su oferta de entretenimiento para adultos también incluya un club de striptease temático dedicado al mundo de los piratas. ¡Arh!

Como no podía ser de otra manera, mientras estuve en Portland fui a un club de striptease y lo confieso: me lo pasé en grande. Otras dos confesiones que tengo que hacer para poneros en situación son que era mi primera vez en uno de estos clubes y que acudí con un montón de prejuicios sobre lo que me iba a encontrar. Para enumerar solo algunos, creados quizá a fuerza de ver películas y series norteamericanas, eran que la concurrencia estaría compuesta esencialmente de “pajilleros”, que el sitio estaría guarrísimo, cuajado de lamparones solo detectables bajo el impacto de una luz ultravioleta; que las strippers serían sexualmente agresivas y que probablemente tendrían mal carácter, consecuencia clara de dedicarse a una profesión según mis estándares no del todo edificante y anclada en el trato a la mujer como un objeto.

El club al que fui, acompañada de mi amiga Shannon, su padre (¿os imagináis ir a un club de striptease con vuestro padre?) y Matthew, uno de sus amigos de la infancia, se llama Devil’s Point y esa noche de domingo tenían un espectáculo para adultos con una vuelta de tuerca. El show se llamaba stripparaoke y, como habréis deducido, conjugaba lo mejor del striptease con lo peor del karaoke. “Es una experiencia muy única de Portland”, me dijo Shannon, antes de añadir “¡Bienvenida a Portland!” con cara de guasa.

photoEl espectáculo se promociona con el eslogan “Nosotras bailamos, vosotros intentáis cantar”. En efecto hay que poner empeño para concentrarse en las letras que aparecen en la pantalla. Por un lado porque tu vida peligra en todo momento, ya que con frecuencia los taconazos y plataformas de las bailarinas pasan a escasos milímetros de la cara de los audaces cantantes. Y por otro, porque los contoneos y las acrobacias de las chicas en la barra son de lo más impresionante. Nivel híbrido entre un miembro del Circo del Sol y esa yogi a la que envidias porque puede hacer un nudo con su espalda mientras hace el pino.

Las reglas del stripparaoke eran sencillas: cada cantante sería emparejado con una de las cuatro bailarinas que participaban esa noche. Ellas serían quienes ocuparían el escenario al tiempo que ellos declabaman las letras de la canción que habían escogido. Mientras estuvieran en el escenario, los cantantes deberían permanecer dentro de la “zona segura”, un cuadrado donde estarían a salvo de patadas voladoras. No se podía tocar a las bailarinas, había que subir al escenario por la izquierda y, ante todo, había que dar propinas. “Sin el ‘strip’ solo quedaría el ‘araoke’ y eso sería muy aburrido, así que no olvidéis que nuestras chicas trabajan por propinas”, explicó la DJ de la velada.

En lo que respecta a la música, la velada arrancó con una chica de apariencia desgarbada, pero armada con una sonrisa imperturbable que interpretó con bastante decencia “Sexy Back” de Justin Timberlake. A esta siguieron muchos otros cantantes aficionados que defendieron con dignidad variable canciones de No Doubt, algunos temas country, varios éxitos ochenteros y dos canciones seguidas de Whitney Houston entre otras tantas.

Mientras tanto, Brodie, Piper, Molly y Berlin hacían acrobacias, trepaban o se dejaban resbalar por la barra con la agilidad de un felino o gateaban hasta acercarse a los espectadores sentados en los bordes del escenario. Todo esto sucedía en un escenario en forma de plataforma colgante que estaba sujeta por un lateral a la pared y por las dos esquinas del lateral paralelo con unas cadenas hasta el techo que parecían sacadas de una mazmorra medieval, dándole un toque algo perverso. “Las clases de ballet han servido para algo”, bromeó Matthew mientras Piper, quien en vez de tacones llevaba puestas unas zapatillas de ballet, flotaba sobre el escenario.

Algo que no puedo dejar de mencionar es que el público estaba totalmente entregado a la causa. Los billetes de un dólar salían despedidos de las manos sudorosas de unos dueños agradecidos por el talento, el sentido del humor y la sensualidad de las bailarinas. A veces esas hojitas verdes revoloteaban sobre el escenario en solitario. En otras ocasiones, cuando Berlin hacía una broma graciosa o cuando Piper hacía tentativas de quitarse el sujetador, los billetes surcaban la sala en bandadas. Sin embargo, el público no siempre era del todo generoso o al menos eso pensó en alguna ocasión Brodie, quien no estaba muy contenta con la cantidad de verdes que yacían sobre el escenario después de haberse dejado la piel durante 5 minutos bailando una canción romántica (creo que fue “Unchained Melody”). “My crack is sweating. Give me a dollar!”, dijo de forma chulesca, lo que se traduce burdamente como “Me suda la raja del culo. !Dadme un dólar!”.

Poco después de escuchar esa joya decidimos que era hora de irse. Mientras regresaba a casa en el asiento trasero del coche de Shannon, pensé en algunos de los estereotipos con los que había llegado al club, algunos de los que me había desprendido como las bailarinas habían hecho con su ropa.

El espectáculo fue de primera. Hubo diversión, risas, mucho talento sobre las tablas y buen ambiente. En la audiencia no solo había taciturnos hombres de mediana edad faltos de cariño. Había chicas y chicos de todas las edades (siempre mayores de 21, claro), sonrientes, disfrutando de un show en el que confluían muchos más factores a parte de la bíblica desnudez de sus protagonistas. Sobre la limpieza, el local estaba todo lo limpio que se podía esperar de un bar cualquiera. Por último, quizá lo que más chocó contra mis expectativas fueron las bailarinas. Por su talento, su frescura, su hilarante sentido del humor o su cercanía en el trato con el público (una de ellas se acercó a hablar con nosotros después de la actuación de Matt y fue encantadora). El hecho de que trabajen por propinas podría sostener el argumento de que su confort es una fachada, una mera apariencia que han de mantener para poder ganarse un sueldo y llegar a final de mes. Sin embargo, Shannon me explicó que algunas de las bailarinas que habíamos visto esa noche habían competido e incluso ganado torneos locales, estatales y nacionales. Eran profesionales del striptease, algo muy alejado de la popular, polarizada y polarizante imagen de joven desesperada que se tiene que dedicar a esta profesión para salir de un apuro y que, una vez superado el bache, colgará los tacones y nunca mirará atrás.

Algo que aún no he conseguido discernir es si considero el striptease un show misógino o no. Muchas voces defienden que no cabe duda sobre ello. Algunas hablan de la democratización del deseo o de la mercantilización del sexo, equiparándolo a la prostitución por su aspecto comercial. Otras no pueden ver más allá de la desnudez y de la pátina pecaminosa que cierta moral caduca asocia a este tipo de espectáculo. A mí me cuesta disociar el striptease femenino del masculino y por tanto me veo en la obligación de juzgarlos por el mismo rasero. ¿Odio o admiración? ¿Deseo o desdén? Lo que es innegable es que ambos shows se basan en cosificar a la persona, en reducir el cuerpo humano —cuanto más esvelto, más proporcionado y más grácil, mejor— a un mero objeto. Sin embargo, este es un proceso muy similar al que nutre industrias como la Publicidad o la Moda, en la que los modelos no son más que maniquíes, perchas sin voluntad a las que se recompensa pecuniariamente por desempeñar una tarea que solo pueden llevar a cabo dada la idoneidad del total o alguna de las partes de su cuerpo.

Sea como fuere, la persona simple que hay en mí disfrutó del show abierta y despreocupadamente.

Cuidar al empleado para cuidar tu empresa

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En una entrevista concedida en 2012 al Actor’s Studio, el actor, director y guionista George Clooney opinó que en los entornos alegres y felices nacen «cosas realmente estupendas». A Clooney, conocido por su afición a gastar bromas y al ambiente distendido, le gusta aplicar esta filosofía tanto cuando dirige, como cuando actúa. Según él, en un rodaje, el ambiente relajado y las bromas ayudan a mejorar la calidad de las escenas. Es decir, la calidad del producto del que se responsabiliza la empresa que se forma para crear una película.

Con esta forma de ver su entorno de trabajo, Clooney parece haber captado una verdad que muchos empresarios no consiguen reconocer ni aprehender: el bienestar de los empleados es el bienestar de una empresa. O, dicho de otra manera, que los trabajadores de una compañía estén satisfechos repercute positivamente en el negocio que desarrollan.

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Hace poco conversaba sobre el asunto con uno de mis antiguos jefes. Él ha supervisado a decenas de empleados en la última década y acaba de lanzar su propia empresa. Según su forma de ver, no es responsabilidad de un empresario ni de un jefe que sus empleados estén motivados, contentos y satisfechos con sus quehaceres. A su juicio, un jefe ya tiene suficiente trabajo con sacar adelante sus tareas, como para preocuparse de la prosperidad laboral y el bienestar de los empleados.

El sentido común y diversos estudios lo contradicen. Según explica «Secretos de las compañías más felices de EE.UU.», artículo publicado por la revista Fast Company, las evidencias defienden que un empleado feliz es mejor trabajador que uno insatisfecho, quien tenderá a desvincularse de los resultados de su trabajo. El artículo menciona el libro «Siempre es personal», escrito por Anne Kreamer. En esta obra la ex productora de «Barrio Sésamo» y ex directora creativa de Nickelodeon reúne y analiza los resultados de diversos estudios sobre el asunto. Uno de los que cita fue realizado por Sigal Barsade en la Wharton School of Business. Barsade encontró que los empleados en buen estado de ánimo daban lugar a procesos de decisión más flexibles, tenían una actitud de búsqueda más amplia y activa, y desarrollaban una mayor precisión analítica. Todo ello reverberaba en el conjunto de la empresa haciéndola más productiva y más predispuesta a asumir riesgos y ser más abierta.

Pero ¿cómo podemos lograr que nuestros empleados estén contentos o, si nosotros somos el empleado, buscar una empresa que nos satisfaga? Para responder existen diferentes aproximaciones.

Según CareerBliss, la comunidad online que elabora un listado de las 50 empresas más felices para las que trabajar, los factores que más influyen en la felicidad de un empleado son el equilibro entre la vida laboral y privada, la relación con el jefe y los compañeros de trabajo, el ambiente laboral, los recursos, el sueldo, las oportunidades de crecimiento, la cultura empresarial, la reputación  de la compañía, las tareas diarias y el control sobre el trabajo realizado cada día.

Una perspectiva diferente, aunque no disonante, es la de Michael Burchell. Como explicó recientemente este directivo y co-autor del libro «The Great Workplace: How to Build It, How to Keep It, and Why It Matters» en una entrevista al «New York Post», además de un buen sueldo lo que hace que un trabajo sea genial es que el empleado sepa responder a tres preguntas. «Quieren saber hacia donde van. Quieren saber cuál es el camino que su carrera debe seguir. Y una tercera cuestión es: ¿Por qué importa lo que hago?», enumeró Burchell.

Armando, el fustero de Girona

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Armando tiene 57 años y es carpintero. Es el carpintero de Girona, el último que queda en la ciudad y el último de su familia. En sus ratos libres de encargos –que son los más frecuente en su jornada laboral– se dedica a construir una réplica a escala de un pueblo como los de las películas del Oeste. Tuve la suerte de conocer a Armando como se conoce a la gente que te llega al alma: de pura chiripa.

Tras una visita guiada por el casco histórico de Girona durante la que conocí las leyendas de la leona a la que has de besar el culo para regresar a la ciudad o la de las moscas de Sant Narcís, nos dieron una hora libre. Yo la dediqué a pasear. Me dejé llevar, interesada aquí por las sombras y los reflejos de este callejón estrecho, allí por el sonido de unas campanas doblando en la distancia. Mientras bajaba por una calle peatonal, a la izquierda me llamó la atención otra calle que, aunque su acceso era muy angosto, según ascendía iba ganando en amplitud y luminosidad.

Unos metros más arriba, a mi derecha, me topé con unos portones de madera abiertos de par en par y pintados en un gris desgastado que un día debió ser un bonito tono de azul cielo. Desde la calle se podía vislumbrar el interior de lo que parecía un taller. El suelo estaba cubierto de serrín y contenía varias máquinas robustas y de apariencia añeja. Encorvado sobre una mesa de madera había un hombre trabajando. Estaba muy concentrado, lijando con esmero un pequeño trozo de madera que más tarde pegó a una estructura de piezas similares.

Como solemos hacer los turistas y los curiosos, entré sin ser invitada. Aún así, lo hice con discreción y mesura. No quería asustar a alguien inmerso en tan afanosa tarea. «Bon dia», dije. El señor levantó la cabeza. «¿Le importa que haga unas fotos?», pregunté. En su cara se dibujó una sonrisa afable. El carpintero me invitó a seguir fotografiando. Tras haber inmortalizado las máquinas, las pilas de serrín y los paneles donde colgaban herramientas antiquísimas, también retraté al carpintero.

No sé quien rompió el hielo, pero comenzamos a charlar. Su nombre era Armando y, como dicen los americanos, portaba su corazón en la manga. Sonríe constantemente. Tanto que parece que su expresión natural es esa sonrisa alegre y jovial. Con una parsimonia y una sencillez encantadoras, este fustero me relató su historia, la de su familia y la de su relación con este oficio que, como señaló taciturnamente, está de capa caída. Su arte ha perdido la batalla contra Ikea, contra la persecución constante del producto barato y contra la crisis.

Hoy el taller está vacío de empleados y de encargos. Hay muchos puestos de trabajo desatendidos, pero que una vez estuvieron ocupados por carpinteros que se encargaban de abastecer con muebles y utensilios de madera a toda la ciudad de Gerona. Muy lejos han quedado los tiempos en los que la Fustería Lladó era la encargada de los trabajos de ebanistería más importantes de la ciudad. Restauraron iglesias, retablos y sagrarios; y participaron en las obras del colegio de la Sagrada Familia de Vila-roja. También colaboraron en la reconstrucción de la Puerta de los Apóstoles de la Catedral de Girona. La creación más famosa de la fustería es un retablo conservado en un convento de frailes de Mallorca. Sin embargo, el proyecto del que más orgulloso se siente Armando son los bancos del seminario adyacente al taller. «Eran preciosos, pero es una pena que nadie pueda verlos», confesó pesaroso.

El taller de Armando se encuentra en la sala que antes fue el Teatro Odeón, un espacio que comparte con el taller de restauración de metales de Joan Ensesa. Está emplazado en el Barrio Antiguo de Girona, al lado del seminario y a unas calles del Museo Judío. En sus paredes aún se pueden vislumbrar las floridas cenefas –ahora apolilladas– que una vez embellecieron el teatro. Armando me señala una de las vigas de hierro que atraviesan el local. «Dicen que las diseñó Eiffel», explica. Aunque no he encontrado prueba de ello por ningún sitio, lo que es seguro es que el ingeniero francés pasó cierto tiempo en la ciudad. El suficiente como para supervisar la construcción del Puente de Hierro –también conocido como Puente Eiffel–, una estructura de hierro cubierto por una viva capa de pintura roja que atraviesa el río Oñar.

En este mismo taller, Armando ha trabajado desde los 18 años y pasado sus ratos muertos desde mucho antes. Este era el lugar al que venía a ver trabajar la madera a su padre, su abuelo y su tío. Su padre, Emeri Lladó, comenzó a alquilar el esqueleto del antiguo teatro en 1947. Ese año compró su primera máquina. Le costó 18.000 pesetas, una cantidad que pagó en dos partes. Una a crédito durante años. La otra, al contado con lo que sacó tras vender varias propiedades. Esa misma máquina, ya prácticamente una pieza de museo, cohabita con Armando y le hace compañía durante las largas y mal aprovechadas horas que allí pasa.

Armando es como un niño encerrado en el cuerpo de un adulto. Sus ojos irradian inocencia y sus palabras, expresadas con calidez, son las de un hombre no adulterado por las asperezas de la vida, ajeno a toda maldad. Hay algo infantil en la resignación con la que aceptó que su arte había perdido su lugar en Girona y comenzó a dedicarse a su pasatiempo: reproducir en madera y a pequeña escala la calle principal de un pueblo del Oeste.

Armando nunca ha viajado por Estados Unidos y su afición no alcanza la excentricidad de Bill Koch –uno de los famosos hermanos Koch–, quien colecciona memorabilia del viejo Oeste hasta el paroxismo de haber instalado en uno de sus ranchos el decorado al completo de una película de la Metro. Armando recurre a herramientas mucho más rudimentarias. Para crear su maqueta se vale de su imaginación y de la caja de un juego de vaqueros de Comansi que copia con ahínco.

Cuando le pregunté cuál era su favorita me confesó que el hotel. No había sido el edificio más complicado de ejecutar, sino el más difícil de idear. «Tuve que inventar gran parte de él. Fue un ejercicio de imaginación», explica. Un vistazo a la caja, que reposa colgada en la pared, me ofrece la explicación. Los detalles de la fachada del hotel se pierden en la distancia, ya que es el último edificio que aparece y la perspectiva está un poco distorsionada. Eso obligó a Armando a soñar sus ornamentos, imaginar su puerta y crearle un cartel distintivo.

El paseo por el taller nos llevó también a su despacho, donde me mostró un viejo artículo de periódico dedicado a su fustería y algunos dibujos; y por otra sala del taller en la que colgaba un cuadro y una paleta de pintor. Me contó que ambos habían sido un regalo del mismo artista, un pintor que, como agradecimiento a la nueva y sofisticada paleta que le había diseñado y creado, le regaló la antigua y una de sus obras.

Unas horas antes de conocer a Armando había dejado Barcelona para pasar un día de excursión. Mi plan era ir de visita a Figueres, pero el tour que ofrecía la empresa Catalunya Busturístic incluía una parada en Girona. Aunque desde el principio me pareció una adición interesante, reconozco que en un primer momento pensé que hubiera preferido ir directamente a Figueres y poder pasar más tiempo inmersa en el pequeño pedazo del mundo de Dalí que allí sigue tan bien preservado. Tras haber pasado un rato con Armando –quien le dedicó desinteresadamente su tiempo a esta visitante en su magnífica, silenciosa y bella Girona natal– me alegré de que no hubiera sido así.

Nueva York estrena la avenida 6 y ½

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Nueva York acaba de estrenar la avenida 6 y ½, una vía que parece salida de la imaginación de la autora inglesa J. K. Rowling, quien inventó el andén 9 y ¾; o de la Charlie Kaufman, guionista de «¿Quieres ser John Malkovich?», quien imaginó el piso 7 y ½.

Durante décadas, los neoyorkinos sabían que en ciertas partes de la ciudad existían avenidas escondidas, hileras de parques, descansillos de edificios y espacios semi-privados que, conectados por una línea imaginaria, creaban una ruta alternativa a las concurridas arterias de la ciudad.

Ahora, la avenida 6 y ½ es una realidad en Manhattan. El ayuntamiento de Nueva York ha inaugurado oficialmente esta nueva avenida entre las calles 51 y 57. Para ello, la oficina dirigida por el alcalde Michael Bloomberg ha conectado mediante pasos de peatones los accesos a espacios ya existentes como parques, pasadizos interiores en edificios y varios espacios públicos de propiedad privada (POPS).

«Mucha gente no sabe que estos lugares existen, ocultos dentro de edificios», explicó el pasado marzo al «New York Times» Janette Sadik-Kahn, directora del departamento de transporte (DOT) de Nueva York. Ha sido su departamento el encargado de convertir este secreto a voces en un camino transitable solo para peatones.

La iniciativa también busca que los peatones que ya utilizaban esta ruta alternativa lo hagan con más facilidad y seguridad. Por eso han instalado pasos de cebra y limitado el aparcamiento para que los coches no bloqueen el tránsito. Además, han protegido los cruces con señales de stop que darán prioridad a los peatones frente al tráfico rodado.

La avenida 6 y ½ fue desvelada hace dos semanas cuando se instalaron las señales de tráfico que indican su existencia. Ahora solo falta que se incorpore a los mapas de la ciudad. El proyecto fue posible gracias a Friends of Privately Owned Public Spaces, una organización que busca promover el conocimiento de los cerca de 550 POPS que hay en la ciudad.

El miércoles por la tarde tuve oportunidad de recorrer toda la avenida. Para mi sorpresa, había mucha gente transitándola. Desde madres empujando los carritos de sus bebés a gente haciendo jogging, pasando por los típicos ejecutivos que pueblan las oficinas de la zona. Aún así, esta nueva arteria estaba mucho menos congestionada que las avenidas adyacentes.

Algo que me llamó la atención es que nos detuvimos en pequeños comercios que la avenida 6 y ½ hace mucho más visibles, como una confitería o una cafetería frente al acceso de la calle 51. No me sorprendería que la recién creada vía acabe suponiendo un impulso económico para los negocios cercanos.

Extra: para los que leáis en inglés, aquí os dejo un artículo del «New Yorker» en el que uno de sus periodistas relata una peculiar y ambiciosa hazaña: caminar desde la calle 34 a la 48 atravesando edificios entre la Quinta y la Sexta avenidas, sin pisar ninguna de ellas. Un reto urbano que, como todas las grandes aventuras, acaba de manera diferente a la planeada.

Love forever, Kusama

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En las casi cuatro décadas que han pasado desde 1973 hasta 2012 en Japón Yayoi Kusama ha pasado de ser una deshonra nacional a convertirse en un tesoro del país asiático y una de sus artistas contemporáneas más celebradas. En este tiempo ha ocurrido paralelamente un movimiento similar a nivel mundial. La artista ha pasado de ser una leyenda olvidada de una época pasada a ser rescatada, reclamada y reivindicada por exposiciones, museos y galerías de todo el planeta.

El súmmum de esa recuperación tiene dos cimas. Una, la exposición retrospectiva que el Museo Whitney de Nueva York acaba de inaugurar sobre su vida y obra. La otra, la colaboración con Louis Vuitton que hará que su arte y sus característicos lunares sean conocidos por un público diferente y quizá mucho mayor que el que lo ha visto en museos como el Reina Sofía de Madrid, el Centro Pompidou de París o el Tate Modern de Londres.

Hasta el verano pasado no tenía ni idea de quién era Yayoi Kusama, pero fui una de las afortnadas que vio la exposición de su obra en el Museo Reina Sofia. De sus creaciones me llamaron la atención muchas cosas. Los lunares por su aparente simpleza y ludismo, contrastado con el fuerte vínculo existencialista que Kusama les atribuye (ella se ve como «un lunar perdido entre un millón de otros lunares»). Algunas de sus obras más repetitivas y obsesivas. Me gustan los tentáculos, las nubes, los patrones que parecen repeticiones ad infinitum de formas y organismos que solo se pueden ver a través de un microscopio. Pero, por encima de todas las cosas, me caló su concepto de la auto-obliteración.

Kusama ve su arte como una forma de autodestrucción, una vía para exponerse y entregarse, vulnerable, a la creación. Cuando era joven, esa obliteración la lograba a través de los lunares, elementos que le robaban la esencia a los objetos sobre los que los imprimía. Ella entre ellos. Ahora lo hace de una forma más literal. Kusama, de 83 años sigue pintando sus cuadros de su propia mano a pesar de los dolores y de que casi no puede mantenerse en pie por sí misma. Kusama se destruye y reconstruye. Es valiente, o lo era, porque ahora crea desde una torre de marfil en el que repite esquemas que triunfaron en el pasado sin retarse de manera honesta. O quizá si se rete, pero el reto sea ya solo físico y no intelectual o creativo.

Sea como sea, las obras de Kusama te permiten penetrar su universo, un cosmos vulnerable de signos y señas con las que la artista lleva conviviendo desde pequeña. Algunos de ellos forman parte de sus pesadillas y halucinaciones. Otros los ha creado a partir de entes que detesta, como el pene. Al ver sus muebles y objetos cubiertos por penes de tela puedes imaginar comopara la artista tuvo que ser una experiencia catárquica.

La alianza con Louis Vuitton

En las últimas semanas algo que se preguntan los medios dedicados al mundo del arte y el diseño es si la colaboración de Kusama con Louis Vuitton ha sido una traición o una venta de Kusama por el dinero. La verdad, no lo dudo. Kusama está embarcada en un proyecto para crear en Tokio un museo dedicado a su obra que además incluya un centro para jóvenes artistas. Y eso no puede ser barato, así que un poco de liquidez no le vendrá mal. Y tampoco me parece mal. Cada uno hace con su arte y su creatividad lo que le da la gana. Al fin y al cabo, tendría que haber sido Kusama la que ponderase si le compensaba la publicidad y el dinero que le da la casa frente a lo que obtiene vendiendo sus obras a clientes que ahora podrían perder interés en su arte por encontrarlas demasiado «democratizadas». Es su decisión.

Lo que está claro es que en Louis Vuitton han sabido apreciar su talento, nutrirlo y aprovecharlo para mérito propio. «Su energía es infinita», dijo Marc Jacobs, director creativo de la casa. Jacobs explica que esta colaboración continúa una tendencia que ha mantenido desde que llegó a la «maison» francesa y comenzó a trabajar con artistas como Stephen Sprouse, Richard Prince y Takashi Murakami. Para él este tipo de colaboraciones son una forma de hacer llegar la creatividad de artistas como Kusama a gente que quizá no conozca su obra. Algo que reiteró Yves Carcelle, presidente y director ejecutivo de Vuitton.