Archivo | febrero, 2012

Yolanda Dorda

29 feb

El viernes 17 de febrero conocí el arte de Yolanda Dorda. Ana me enseñó dos obras de Yolanda, las dos que esta artista gallega había seleccionado como su foto de perfil y su foto de portada para timeline en Facebook. La primera, el torso desnudo de una mujer. La segunda, una mujer que se mira en el espejo mientras se recoge el pelo.

Ojiplática como estaba, le pedí a Ana que me mostrase más, así que revisamos otras fotos de sus obras que tenía colgadas en la red social. La fuerza y la sensibilidad de sus cuadros me hablaban. Me decían cosas que ninguno de los otros artistas contemporáneos que exponen en las galerías de Chelsea consiguen transmitir. De alguna manera, sentí que esos cuadros de brochazo grueso y breve y colores intensos concentraban más pasión de la que jamás había experimentado. ¿Qué clase de persona podía condensar tanta vida en un lienzo? Solo de pensar en ello me intimidaba la idea de conocer a Yolanda.

Un poco más tarde esa misma noche la conocí. Ana y yo habíamos ido hasta su apartamento ubicado en una nave industrial reconvertida en estudios para artistas. Yolanda salió a abrirnos la puerta. No podía creer lo que veían mis ojos. Yolanda era una persona de mirada dulce y sonrisa candorosa. El pelo rubio y el flequillo bien perfilado le daban un aire de inocencia juvenil. Su naturalidad y simpatía eran puros. ¿Dónde escondía este cuerpecito tanta energía y tanto calor?

Yolanda nos guió hasta su estudio. En el suelo y en la pared había obras recientes que aún se estaban secando. «Desde que estoy en Nueva York me están saliendo muchos cuadros de gente follando», explica la artista. Yolanda mira un tríptico que ha terminado recientemente y nos dice que se sigue sorprendiendo al verlo porque la mujer que hay en la escena central es rubia y se está riendo a carcajadas. Se sorprende porque ella nunca pinta rubias. Se sorprende porque sus mujeres suelen reflejar un sufrimiento desgarrador, representar el dolor y la agonía. Por eso muchos se empeñan en asociar su obra con el maltrato a la mujer, un discurso que a Yolanda no le acaba de convencer.

Seguimos mirando el tríptico. Algo que no hubiera visto si Yolanda no lo hubiera comentado es que esa rubia alegre está sentada a horcajadas sobre su amante, una escena que vemos en la primera parte del tríptico. La tercera, cuatro piernas entrelazadas.

Le comenté a Yolanda que su obra me recordaba a Félicien Rops por su carga sexual. A Egon Schiele por los colores y las expresiones en las caras. A Edvard Munch por la desesperación y la soledad. Yolanda define su arte como expresionista y lo enlaza con la vertiente alemana de esta corriente. Por eso, ayer, cuando quedamos con Yolanda para despedirnos porque su primer periplo por Nueva York había llegado a su fin, fuimos a la inauguración de la exposición de Georg Baselitz en la Gagosian de Chelsea. A Yolanda le gusta el arte de Baselitz, aunque opina que los enormes cuadros de esta exposición son «muy limpios».

Mientras paseamos por la galería le pregunto si sabe si Baselitz pinta del derecho y luego expone del revés o si directamente pinta sus cuadros invertidos. Me explica que Baselitz es conocido por exponer sus obras del revés. Según ella, «pintar del revés a veces ayuda a ver cosas nuevas en un cuadro que has estado observando durante muchas horas». Ella con frecuencia gira las obras, algo que descubrió por instinto. Igual que su instinto le hacía mirar el reflejo en la ventana que proyectaban sus pinturas para encontrar imperfecciones. Este tipo de trucos, según me aclara, son muy frecuentes, aunque normalmente se usan espejos para ello y no ventanas en habitaciones poco iluminadas.

Yolanda me ve tomando notas y percibo que está entre sorprendida e incómoda, probablemente porque sabe que estoy anotando lo que me cuenta. Según ella, no tiene ningún problema en hablar sobre su obra con cualquiera que se le acerque a preguntar, pero algo que no soporta es hablar en público. «Una vez me puse a llorar», confiesa. Ese miedo escénico tiene que ver con una autoestima frágil y vulnerable que Yolanda no ha protegido con muros y fosos, como el resto de los mortales, todos frágiles y vulnerables, nos hemos empeñado en hacer. Quizá de ahí provenga su permeabilidad a todo aquello que nos recuerda que estamos vivos porque aún nos pueden herir.

Las criaturas que moraban la Gagosian eran rimbombantes, seres ávidos de atención ajena, neones andantes, parodias de un mundo al que quieren acceder o en el que quieren triunfar. Entre ellos pasea Yolanda, despojada de ornamentos y manierismos. Ella no es una farsante del mundo del arte. Mezclada con el grupo de artistas, marchantes y groupies, nunca dirías que ella pertenece a ese mundo. Aunque pertenece. Y lo hace de una manera mucho más orgánica y natural que el resto, sin necesidad de demostrar nada con su ropa, sus palabras o sus gestos.

Yolanda ha pasado en Nueva York seis semanas. Su estancia hay que contarla en semanas como cualquier otra gestación. Y es que con este viaje Yolanda venía a probar esta ciudad, a ver con sus propios ojos si era cierto que es aquí donde tu carrera termina o es catapultada. Y lo que ha visto le ha gustado. Por eso Yolanda quiere volver cuanto antes, aunque quizá no sea tan sencillo. Tienen que pasar muchas cosas, como que una galería exponga su obra o conseguir el dinero para poder comenzar una nueva vida en esta cara ciudad. «¡Yo quiero tirar pa’lante!», exclama. Yolanda se considera una persona ambiciosa, pero no con las connotaciones negativas que acompañan a esta palabra en nuestro país. «Ser ambiciosa para mí significa querer superarse. El dinero me da igual, pero no soy nada conformista», añade. En su tiempo en la incubadora neoyorkina, Yolanda se ha encontrado con mucha gente que le ha echado una mano a la hora de zambullirse en la escena del arte de Nueva York. Aunque algunas de esas manos han acabado en el cuello o haciendo un rotundo corte de mangas.

«Les da miedo mi obra. Pero lo que no saben es que mi obra soy yo». Yo, que no tengo miedo ni de Yolanda ni de su obra, estoy segura de que regresará a esta ciudad. ¡Suerte!

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Nota: Todas las fotos de este post han sido tomadas del Flickr de Yolanda Dorda y a ella pertenecen todos los derechos. ¡Cuidadín con lo que hacéis con ellas!

Zuckerberg y la política

10 feb

Leo en Gawker que Mark Zuckerberg, fundador y emperador supremo de Facebook, ha promocionado sin querer la campaña de Mitt Romney, uno de los candidatos que actualmente luchan por recibir la nominación del partido republicano para las presidenciales de 2012.

Según la revista, Mark pulsó el botón de «Me gusta» en un artículo que había compartido en Facebook el periodista de «Slate» Farhad Manjoo. Manjoo había hecho un comentario junto con el link del artículo que instaba a mirar el logo de la campaña de Romney tratando de evitar leer la palabra «money» (dinero).

Cuando Zuckerberg le dio a «Me gusta», el artículo automáticamente apareció compartido en su muro, aunque sin el comentario de Manjoo. Sin ese mensaje matizador parecía que Zuckerberg estaba dando su apoyo a Romney y por ende, a sus ideas y propuestas políticas.

La cosa podría haber sido significativamente peor. Mark podía haberle dado a «Me gusta» y compartir así en su muro un artículo sobre prostitución, abuso de menores o maltrato animal que en el camino perderían los comentarios reprobatorios junto a los que fueron compartidos. Eso sí hubiera sido seriamente dañino para su imagen y la de su compañía, algo que no se puede permitir justo ahora, cuando la OPV de Facebook acaba de hacerse pública y la red social está a punto de comenzar a cotizar en Bolsa.

Aún así, la reacción a este «Like» en Facebook han dejado patente que las opiniones de Mark le importan a mucha gente. Para empezar, a todos aquellos que se pararon a comentar el enlace que tan poco tardó en desaparecer del timeline de Zuckerberg. Por lo rápido que lo eliminaron se pueden deducir muchas cosas. Yo prefiero inclinarme por la hipótesis de que todo ha sido un «error de principiante» y que en realidad Mark no apoya a Romney. Pero ¿qué pasaría si lo hiciera?

Si Zuckerberg apoyase a Romney pasaría más bien poco. Tendríamos que acostumbrarnos a la idea. Como decía uno de los comentarios “Money + Money = Money”. Aunque vista chanclas y vaqueros y parezca que está por medio cocer, Zuckerberg sigue siendo uno de los tipos más ricos e influyentes del mundo. Por eso es posible que piense que sus intereses están mejor resguardados por el partido republicano -otros ricos que solo buscan llegar al poder para mantener sus fortunas sin preocuparse mucho por el bien de la mayoría-, por gente que comprende lo que es tener fortuna y gestionarla. Y digo que tendríamos que acostumbrarnos porque ¿qué alternativa tenemos? ¿Darse de baja en Facebook? Ahora mismo, a menos que millones de personas decidieran hacerlo, con la bonanza que vive Facebook no creo que les importase mucho. ¿Vas a vender tus acciones de la compañía? No, porque aún no tienes ninguna. Y a la gente que va a comprar esas acciones les trae al pairo a quién vote Zuckerberg mientras que la compañía siga generando beneficios.

Fuera como fuese, Mark Zuckerberg tiene derecho a tener opiniones. Uno de los comentarios al «like» rezaba «¿No deberías ser apolítico, Mark?». ¿Por qué? Mark no es el Rey de España o cualquier otra persona con un cargo que exija la condición sine qua non de ser apolítico. Mark tiene opiniones y el derecho a expresarlas libremente. Zuckerberg es como Donald Trump (ahora más que nunca) o cualquier otro empresario de alto perfil: tienen dinero y opiniones, y pueden hacer con ellos lo que les da la gana. Siempre que sea legal.

Para mí el ideal de ciudadano bipartisano es aquel que apoya al mejor candidato en ambos partidos. La idea no es que durante las elecciones presidenciales salga elegido sí o sí alguien a quien apoyabas. La finalidad es que, llegue al poder el partido que llegue, tengamos la certeza de que los dos candidatos eran los mejor preparados y los que mejor velarán por los intereses del país. Si yo fuera Zuckerberg también apoyaría a Romney, sobre todo después de ver el panorama de candidatos republicanos. Así, si llegado el momento la mayoría de los americanos vota a ese partido, mi conciencia estaría más tranquila de haber apoyado a Romney antes que a Gingrich, Paul o Santorum.

Esvásticas y los 11 de septiembre, apología de la estrechez de miras

4 feb

Hace unas semanas los medios de comunicación americanos se hacían eco de algo que había ocurrido en Brooklyn: la dueña de una joyería vendía pendientes con forma de esvásticas. Varios políticos locales le pidieron que retirase de la venta las joyas, ya que las consideraban ofensivas. Algo en lo que estaba de acuerdo la comunidad judía local.

El presidente del distrito de Manhattan, Scott Stringer, declaró a Fox News que las esvásticas  son «el símbolo más odioso de nuestra cultura y un insulto para cualquier persona civilizada». Con esto Stringer está llamando incivilizados a los aproximadamente 1.000 millones de personas que creen en el hinduismo, una de las muchas religiones que utilizan la esvástica como un símbolo de buena suerte.

Stringer también dijo que las esvásticas no tienen que ver con la moda y no son un «fashion statement». Tampoco lo es el símbolo del yin y el yang o el om, otro símbolo hindú, pero ambos aparecen constantemente en prendas de ropa, complementos y accesorios, entre ellos pendientes. Y nadie los repudia por ser símbolos que poco aportan a una prenda.

La palabra esvástica procede del sánscrito «suastíka», lo que significa  «muy auspicioso» entre otras muchas cosas. El símbolo, como tal, se utiliza desde varios siglos atrás. Como explica la Enciclopedia Británica, era un símbolo muy extendido en las monedas en la antigua Mesopotamia, fue el signo que el dios escandinavo Thor llevaba en su martillo y aparecía en las primeras piezas de arte de las culturas cristiana y bizantina, donde comenzó a ser denominada cruz gamada.

Todo esto ocurrió mucho antes de que el nazismo de la Alemania de los años 30 se  apropiara del símbolo, condenándolo a cargar, paradójicamente, con una fama funesta en occidente para el resto de los tiempos.

Que la esvástica haya corrido esta mala suerte es una cosa, pero que generaciones y generaciones después nos empeñemos en reducir un símbolo con tanta historia a solo una de sus facetas es una simplicidad atroz. Los adalides de esta corriente son reduccionistas que adolecen de una seria estrechez de miras, tanto hacia el pasado, como hacia el futuro. Con una actitud tan limitada estamos obligando a un grupo de seres humanos que no tienen nada que ver con el Holocausto y las 6 millones de muertes que supuso a tener que ocultar sus símbolos religiosos para no importunar lo que se ha aceptado como “políticamente correcto”. Su actitud raya lo ofensivo y es, sin duda, intolerante.

También es cierto que sería más fácil afrontar este debate si la esvástica hubiera dejado de ser utilizada en la actualidad como símbolo de odio. Recientemente en Nueva York varios establecimientos dirigidos por judíos han sido marcados con esvásticas, lo que explica la especial sensibilidad de la población neoyorkina hacia todo lo que tenga que ver con la cruz gamada.

Pero ¿qué pasaría si el día de mañana un grupo político asesina a millones de personas injustamente, comete delitos de odio o busca la eugenesia de su raza mediante el genocidio de los diferentes y utilizan como símbolo para identificarse una herradura o un trébol de cuatro hojas? Ambos han sido símbolos durante siglos de buena suerte. ¿Estaríamos dispuestos a meter en el baúl de los recuerdos todo ese bagaje cultural solo para no afrontar la cara menos amable de una realidad? Seamos maduros. Apoyemos la cultura, el conocimiento y no desechemos parte de esa herencia solo por considerarla ofensiva. Es ofensiva, sí, pero solo si nos fijamos en una de sus muchas caras. Nunca hay que olvidar la Historia. Nuestro deber es conocerla para que no se repitan sus tragedias y tratar de emular sus logros.

Algo similar ocurre en Estados Unidos con el 11 de septiembre. Desde que en 2001 los aviones secuestrados por Al Qaeda atacasen las Torres Gemelas y el Pentágono, ese día se ha convertido en un símbolo de tragedia. El imaginario cultural americano (y por extensión el occidental) asocia automáticamente todo lo que ha pasado un 11 de septiembre con el sufrimiento del pueblo estadounidense aquel fatídico martes. Uno de los ejemplos más claros de los que he sido testigo tuvo lugar durante la presentación de la película «La piel que habito» en Nueva York. Durante la ronda de preguntas que siguió al pase de prensa, un periodista americano le preguntó a Pedro Almodóvar que por qué uno de los puntos álgidos de la película ocurría un 11 de septiembre (se sabe porque Vera lo anota en la pared) y que si le había querido dar un significado más profundo al relacionarlo con esta fecha. Pedro Almodóvar vino a decir algo así como que el 11 de septiembre es solo un día más y que podía haber sido el 10 o el 12 indistintamente. No había sido premeditado. De todas formas, Almodóvar apostilló que ese era el cumpleaños de su madre, por lo que para él siempre había tenido un significado especial, mucho antes de los ataques.

Sí, siempre habrá días, símbolos y objetos que para unos pocos o para muchos tengan un significado especial. Eso no significa que sean unívocos o que su interpretación deba ser universalizada. Somos 7.000 millones de personas en el mundo, con 7.000 millones de historias y de formas de ver el mundo. Paso a pasado tenemos que dejar atrás el egocentrismo y el etnocentrismo, al igual que en el pasado dejamos de creer que la Tierra era el centro del Universo gracias a la curiosidad y el incansable trabajo de Copérnico. Sigamos su ejemplo y no nos rindamos ante la fuerza del «establishment». Hay que seguir luchando por lo que creemos que es justo, por lo que no beneficia a unos en detrimentro de otros y, sobre todo, por lo que nos ayudará a progresar y crecer.

Para concluir, aquí os dejo un muy recomendable artículo que escribe un chico que viajando por India descubrió la ubicuidad de la esvástica.

«Anything goes»

3 feb

El miércoles fui a ver el musical «Anything goes». Tenía unas expectativas muy altas para este musical. Una razón es Cole Porter: algo con su música nunca puede ser malo. Otra eran las críticas: ponían por las nubes tanto la obra, como a Sutton Foster, la actriz que da vida a Reno Sweeney.

Aunque a grandes rasgos el musical es entretenido, hay un par de números que a mi gusto podrían ser o más breves, si me pillas dadivosa. Si me pillas con prisa te diría que deberían cortarlos porque no tienen ni la espectacularidad, ni la gracia que el resto y no consiguen aportar grandes avances a la trama en sí. Lo bueno es que la obra va cogiendo ritmo según avanza y los números van mejorando significativamente hacia el final.

Este musical tiene la esencia de las «screwball comedies», las comedias de enredo o farsas como «Con faldas y a lo loco», «Historias de Filadelfia» o «La fiera de mi niña» que hicieron brillar a tantas estrellas de Hollywood y que siempre entretienen por descolocarnos con sus alocados malentendidos.

En «Anything goes» hay algunos números que son verdaderas joyas. El más espectacular es el que da título al musical, «Anything goes». Este tiene lugar al final del primer acto y es un despliegue asombroso de destreza y talento. Los actores bailan claqué hasta la extenuación para, según dan el último golpe de tapa en el suelo, volver a cantar como si no hubiera pasado nada. En gran parte por números como este Sutton Foster ganó el premio Tony a  mejor actriz en un musical en 2011. A la salida, Robert Petkoff, el actor que encarga a Lord Evelyn Oakleigh, nos contó que tras ver ese número entendió por qué todo el reparto está tan delgado.

Petkoff es el protagonista de «The gypsy in me». El número comienza como una confesión y acaba convirtiéndose en un cortejo a la antigua usanza. En escena están solo Petkoff y Foster, ambos deslumbrantes. El peso de este número recae principalemente en Petkoff, quien canta, baila y termina marchándose de escena subido a una cuerda. La música y las letras mezclan referencias gitanas, flamencas y del toreo de manera un tanto estereotípica, pero la sala se despiporraba de la risa. Petkoff nos comentó que al principio del número sitió que uno de sus zapatos estaba desabrochado y que pasó un rato horrible tratando de mantenerlo en su sitio mientras daba patadas al aire. «Tuve que apretar los dedos de los pies para que no saliera volando», dijo el actor.

También fueron especialmente agradables los números de «Buddie, Beware», en el que la promiscua y descarada Erma, interpretada por Jessica Stone, tiene que decidir con qué marinero quedarse después de haber tenido escarceos con casi toda la tripulación; «Blow, Gabriel, blow» y «Friendship». Este último fue muy simpático. Las letras hablan de lo que haría un amigo por otro en caso de necesidad y acaba hablando de puñaladas traperas con rimas que solo Porter podría haber imaginado. De «If you ever feel so happy, you land in jail, I’m your bail» pasan a «If they ever crack your spine, drop a line» o «If they ever make a cannibal stew of you, Invite me too!».

Como bien apuntó Marc Tió, corresponsal de Rac 1 en Nueva York, la media de edad en la sala era bastante alta. Y es que este es un musical clásico que quizá para no atrae tanto a la audiencia más joven, acostumbrada a los efectos especiales y no tanto a una buena dosis de extenuante baile. Aunque achacosa, la sala se puso en pie para vitorear a los intérpretes. Era el segundo pase del día y el cansancio no se había notado. Bravo.

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