Archivo | noviembre, 2011

Trabajo en equipo

29 nov

En la entrada anterior os conté cómo el domingo participé en un gran trabajo en equipo: el trasladar un escritorio de aproximadamente 100 kilos durante un recorrido al que Google Maps asigna una distancia de más de 2,5 kilómetros. En ese post también hablaba de «Man on wire», un documental en el que se pueden apreciar varias facetas del trabajo en equipo. Como veréis, parece que en las últimas horas he vivido inmersa en una especie de leitmotiv en el que el concepto de trabajo en equipo ha hecho acto de presencia de manera directa o tangencial constantemente. Lo cierto es que la recurrencia de esta idea comenzó el pasado miércoles.

La conversación que lo inauguró tuvo lugar después de haber cenado con varios amigos corresponsales. Aunque la ensordecedora música en directo del bar brasileño en el que nos encontrábamos trataba de frustrar nuestro propósito de comunicarnos, conseguimos conversar sobre el trabajo de periodista, nuestras experiencias pasadas, las prácticas e incluso los días en la Facultad. Pronto la conversación derivó a los detalles del trabajo de corresponsal en Nueva York y cómo en un entorno en el que hay pocas fuentes y lo que importa son las historias, el ser competitivos entre nosotros no ayuda a nadie. El competir con otros corresponsales no es un juego de suma cero. Todo lo contrario. Pareto hubiera visto en nuestra colaboración un ejemplo de su teoría sobre la eficiencia. Si todos podemos mejorar sin perjudicar a nadie, ¿por qué escoger la opción en la que unos salen perdiendo?

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Un escritorio de verdad/«Man on wire»

28 nov

Ayer domingo pasé el día con un grupo de amigos. El plan era ir al Flea Market de Brooklyn, comer por la zona y luego venir al Castillo a ver «Man on wire». Fuimos al mercadillo y me compré una bola del mundo que no sabía dónde iba a poner porque ya no me cabe nada en la habitación. Comimos en un mexicano cerca de casa y me tomé un margarita del tamaño de Cancún. Todo transcurría según el plan. Pero cuando comenzamos a caminar de regreso a casa nos topamos con un magnífico escritorio de madera que alguien había dejado en la Séptima Avenida. Bendito Park Slope, con sus calles llenas de objetos abandonados. Como dijo un amigo, lo que para alguien es basura, para otros es un tesoro. Y Park Slope es la prueba fehaciente de ello. Los cuatro nos quedamos admirándolo, boquiabiertos. El escritorio era majestuoso, una pieza única, hecho de madera y relativamente bien conservado. James, el único que no sabía la distancia real a la que estaba nuestra casa, nos animó a llevárnoslo. Entre los cuatro comenzamos a caminar con el escritorio de unos 100 kilos –soy pésima para este tipo de cálculos–. La gente nos miraba. Unos se reían, otros nos señalaban. Más de uno tuvo que sentir envidia de no haber sido él quien se lo encontró. Las paradas técnicas se multiplicaban, probamos todas las formas que se nos ocurrieron para sujetarlo: con las manos, con los hombros, elevado o a ras de suelo.

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Más sobre el nómada de Nueva York

23 nov

Hoy ABC ha publicado en su contraportada una de mis historias. Se llama «Vivir de sofá en sofá» y cuenta las aventuras de Ed Casabian, también conocido como el Nómada de Nueva York. En el reportaje os explico algunos de los detalles sobre el proyecto al que Ed ha dedicado más de un año de su vida: vivir cada semana en un barrio diferente de Nueva York. Por problemas de espacio nos hemos dejado en el tintero algunas anécdotas y otros detalles que creo que ayudan a conocer mejor a este nómada metropolitano del siglo XXI y que voy a compartir aquí.

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Otoño/Metro

19 nov

Ahí está otra vez, garabateando sobre papeles sueltos o cualquier otra superficie donde la tinta de su bolígrafo sea indelebre. Un día utilizó como lienzo una bolsa de plástico opaca que probablemente contenía su desayuno. Seguro que eran dulces. Tiene pinta de adorar las cupacakes, las cookies y todas las demás guarrerías del enorme espectro que las calles de Nueva York ofrecen. No entiendo por qué no se compra una libreta para plasmar todas esas cosas que le pasan por la cabeza. A veces dibujos. Siempre simples, como si su cuerpo estuviera ocupado por el espíritu de un niño de prescolar. Otra veces líneas, siempre curvas, como ondas. Le gusta dibujar siempre dos líneas que juegan a esquivarse y nunca se tocan. Ni siquiera se rozan. Otras veces escribe. Su letra me resulta casi siempre ininteligible. ¿Lo hará a propósito? La verdad es que poco importaría, porque por lo poco que puedo entender, creo que escribe en otro idioma, posiblemente español o italiano. Algún día quizá me atreva a dirigirle la palabra. Compartimos todas las mañanas casi media hora en el metro en silencio. Quizá un poco de conversación nos vendría bien a los dos. A veces echo en falta alguien con quien hablar. Tanta gente en el metro y todos en silencio. ¡Qué pérdida de posibles interacciones y calor humano! ¿A dónde va cada mañana? Su vestimenta es relativamente formal, aunque tiene un punto de simplicidad infantil, como si siguiese comprando el mismo tipo de ropa que su madre le compraba. Normalmente escoge zapatos clásicos, pero desde que llegó el otoño se ha puesto botas en un par de ocasiones. Sus abrigos y chaquetas también tienen un corte clásico, similar al estilo inglés. De corte recto y aspecto serio. Más de una vez me he planteado bajarme en su parada y seguir sus pasos. Ver dónde trabaja, qué tipo de edificio es, qué empresas tienen oficinas en él y quizá conocer algún detalle más sobre su vida. Su historia. La verdad es que no me importaría bajarme en su parada. Siempre es la parada de Bryant Park, que está a solo dos paradas de la mía. La caminata después no sería muy larga y podría seguir llegando relativamente en hora al trabajo.

Poemas apagón

2 nov

Durante la edición de 2011 de Human Potential, una conferencia organizada por «The Economist», tuve la oportunidad de escuchar a decenas de panelistas inspiradores, con proyectos no solo relevantes, sino con mucha humanidad. La conferencia busca cada año inspirar a representantes del mundo empresarial con ideas procedentes de campos como el arte, la música, la literatura o la psicología para explotar al máximo el potencial de una compañía.

Este año una de las sesiones más breves, llamadas «Flash of genius», corrió a cargo de Austin Kleon. Este escritor originario de Ohio, pero que reside en Texas, nos contó cómo mientras experimentaba un bloqueo como escritor cogió un rotulador negro mientras leía el periódico y fue rodeando algunas palabras, resaltando otras y tachando todas las demás de tal manera que al final todo lo que quedaba en la página era una gran mancha negra dentro de la que se puede leer un nuevo texto, una reducción a la mínima esencia de lo anterior que lo reconvierte en una entidad completamente nueva.

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