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Maridos y esposas
Hace tiempo me contaron una historia que me dejó huella.
Una mujer llamó a un antiguo novio la noche antes de su boda para hacerle una proposición: si él se lo pedía, ella dejaría al que iba a convertirse en su marido para irse con él. El hombre al que llamó rechazó su oferta. Ella ahora, pasados casi treinta años, es una mujer acomodada, ya abuela, a la que no le gusta envejecer y que ha vivido siempre a gusto con sus hijos y el hombre al que finalmente dijó el “Sí, quiero”.

Él era uno de esos hombres en los que piensas esa noche de antes. Con el que se casó, uno de los que te hacen pensar.
Hace poco me dio por pensar que las personas, de cualquier sexo, pueden dividirse en esas dos simples categorías: aquellos en los que piensas el día de tu boda y aquellos que, cuando te vas a casar con ellos, te hacen pensar. Le di vueltas detenidamente y al final vi que, aunque con cierto reduccionismo, todos nos podríamos encuadrar en esos dos compartimentos estancos. Aunque bien es cierto que solo desde un punto subjetivo y nunca como criterio universal: por quien yo pensaría en el altar a lo mejor es quien hace pensar a otra persona.
Pensé en la persona que me haría dudar: ese Joyce moderno. Y pensé también que la pobre Nora Barnacle debió plantearse más de una vez la relación con Joyce con quien convivió durante más de treinta años sin estar casada -algo poco habitual a principios del siglo XX- y manteniendo un estilo de vida cercano a los nómadas por los constantes cambios de residencia por diferentes países de Europa.
Como dijo mi amigo Wilder: “Nadie es perfecto”.
3 comments 26 Marzo 2008
