Cuidar al empleado para cuidar tu empresa

26 feb

En una entrevista concedida en 2012 al Actor’s Studio, el actor, director y guionista George Clooney opinó que en los entornos alegres y felices nacen «cosas realmente estupendas». A Clooney, conocido por su afición a gastar bromas y al ambiente distendido, le gusta aplicar esta filosofía tanto cuando dirige, como cuando actúa. Según él, en un rodaje, el ambiente relajado y las bromas ayudan a mejorar la calidad de las escenas. Es decir, la calidad del producto del que se responsabiliza la empresa que se forma para crear una película.

Con esta forma de ver su entorno de trabajo, Clooney parece haber captado una verdad que muchos empresarios no consiguen reconocer ni aprehender: el bienestar de los empleados es el bienestar de una empresa. O, dicho de otra manera, que los trabajadores de una compañía estén satisfechos repercute positivamente en el negocio que desarrollan.

Smile

Hace poco conversaba sobre el asunto con uno de mis antiguos jefes. Él ha supervisado a decenas de empleados en la última década y acaba de lanzar su propia empresa. Según su forma de ver, no es responsabilidad de un empresario ni de un jefe que sus empleados estén motivados, contentos y satisfechos con sus quehaceres. A su juicio, un jefe ya tiene suficiente trabajo con sacar adelante sus tareas, como para preocuparse de la prosperidad laboral y el bienestar de los empleados.

El sentido común y diversos estudios lo contradicen. Según explica «Secretos de las compañías más felices de EE.UU.», artículo publicado por la revista Fast Company, las evidencias defienden que un empleado feliz es mejor trabajador que uno insatisfecho, quien tenderá a desvincularse de los resultados de su trabajo. El artículo menciona el libro «Siempre es personal», escrito por Anne Kreamer. En esta obra la ex productora de «Barrio Sésamo» y ex directora creativa de Nickelodeon reúne y analiza los resultados de diversos estudios sobre el asunto. Uno de los que cita fue realizado por Sigal Barsade en la Wharton School of Business. Barsade encontró que los empleados en buen estado de ánimo daban lugar a procesos de decisión más flexibles, tenían una actitud de búsqueda más amplia y activa, y desarrollaban una mayor precisión analítica. Todo ello reverberaba en el conjunto de la empresa haciéndola más productiva y más predispuesta a asumir riesgos y ser más abierta.

Pero ¿cómo podemos lograr que nuestros empleados estén contentos o, si nosotros somos el empleado, buscar una empresa que nos satisfaga? Para responder existen diferentes aproximaciones.

evolving face

Según CareerBliss, la comunidad online que elabora un listado de las 50 empresas más felices para las que trabajar, los factores que más influyen en la felicidad de un empleado son el equilibro entre la vida laboral y privada, la relación con el jefe y los compañeros de trabajo, el ambiente laboral, los recursos, el sueldo, las oportunidades de crecimiento, la cultura empresarial, la reputación  de la compañía, las tareas diarias y el control sobre el trabajo realizado cada día.

Una perspectiva diferente, aunque no disonante, es la de Michael Burchell. Como explicó recientemente este directivo y co-autor del libro «The Great Workplace: How to Build It, How to Keep It, and Why It Matters» en una entrevista al «New York Post», además de un buen sueldo lo que hace que un trabajo sea genial es que el empleado sepa responder a tres preguntas. «Quieren saber hacia donde van. Quieren saber cuál es el camino que su carrera debe seguir. Y una tercera cuestión es: ¿Por qué importa lo que hago?», enumeró Burchell.

Armando, el fustero de Girona

24 nov

Armando tiene 57 años y es carpintero. Es el carpintero de Girona, el último que queda en la ciudad y el último de su familia. En sus ratos libres de encargos –que son los más frecuente en su jornada laboral– se dedica a construir una réplica a escala de un pueblo como los de las películas del Oeste. Tuve la suerte de conocer a Armando como se conoce a la gente que te llega al alma: de pura chiripa.

Tras una visita guiada por el casco histórico de Girona durante la que conocí las leyendas de la leona a la que has de besar el culo para regresar a la ciudad o la de las moscas de Sant Narcís, nos dieron una hora libre. Yo la dediqué a pasear. Me dejé llevar, interesada aquí por las sombras y los reflejos de este callejón estrecho, allí por el sonido de unas campanas doblando en la distancia. Mientras bajaba por una calle peatonal, a la izquierda me llamó la atención otra calle que, aunque su acceso era muy angosto, según ascendía iba ganando en amplitud y luminosidad.

Unos metros más arriba, a mi derecha, me topé con unos portones de madera abiertos de par en par y pintados en un gris desgastado que un día debió ser un bonito tono de azul cielo. Desde la calle se podía vislumbrar el interior de lo que parecía un taller. El suelo estaba cubierto de serrín y contenía varias máquinas robustas y de apariencia añeja. Encorvado sobre una mesa de madera había un hombre trabajando. Estaba muy concentrado, lijando con esmero un pequeño trozo de madera que más tarde pegó a una estructura de piezas similares.

Como solemos hacer los turistas y los curiosos, entré sin ser invitada. Aún así, lo hice con discreción y mesura. No quería asustar a alguien inmerso en tan afanosa tarea. «Bon dia», dije. El señor levantó la cabeza. «¿Le importa que haga unas fotos?», pregunté. En su cara se dibujó una sonrisa afable. El carpintero me invitó a seguir fotografiando. Tras haber inmortalizado las máquinas, las pilas de serrín y los paneles donde colgaban herramientas antiquísimas, también retraté al carpintero.

No sé quien rompió el hielo, pero comenzamos a charlar. Su nombre era Armando y, como dicen los americanos, portaba su corazón en la manga. Sonríe constantemente. Tanto que parece que su expresión natural es esa sonrisa alegre y jovial. Con una parsimonia y una sencillez encantadoras, este fustero me relató su historia, la de su familia y la de su relación con este oficio que, como señaló taciturnamente, está de capa caída. Su arte ha perdido la batalla contra Ikea, contra la persecución constante del producto barato y contra la crisis.

Hoy el taller está vacío de empleados y de encargos. Hay muchos puestos de trabajo desatendidos, pero que una vez estuvieron ocupados por carpinteros que se encargaban de abastecer con muebles y utensilios de madera a toda la ciudad de Gerona. Muy lejos han quedado los tiempos en los que la Fustería Lladó era la encargada de los trabajos de ebanistería más importantes de la ciudad. Restauraron iglesias, retablos y sagrarios; y participaron en las obras del colegio de la Sagrada Familia de Vila-roja. También colaboraron en la reconstrucción de la Puerta de los Apóstoles de la Catedral de Girona. La creación más famosa de la fustería es un retablo conservado en un convento de frailes de Mallorca. Sin embargo, el proyecto del que más orgulloso se siente Armando son los bancos del seminario adyacente al taller. «Eran preciosos, pero es una pena que nadie pueda verlos», confesó pesaroso.

El taller de Armando se encuentra en la sala que antes fue el Teatro Odeón, un espacio que comparte con el taller de restauración de metales de Joan Ensesa. Está emplazado en el Barrio Antiguo de Girona, al lado del seminario y a unas calles del Museo Judío. En sus paredes aún se pueden vislumbrar las floridas cenefas –ahora apolilladas– que una vez embellecieron el teatro. Armando me señala una de las vigas de hierro que atraviesan el local. «Dicen que las diseñó Eiffel», explica. Aunque no he encontrado prueba de ello por ningún sitio, lo que es seguro es que el ingeniero francés pasó cierto tiempo en la ciudad. El suficiente como para supervisar la construcción del Puente de Hierro –también conocido como Puente Eiffel–, una estructura de hierro cubierto por una viva capa de pintura roja que atraviesa el río Oñar.

En este mismo taller, Armando ha trabajado desde los 18 años y pasado sus ratos muertos desde mucho antes. Este era el lugar al que venía a ver trabajar la madera a su padre, su abuelo y su tío. Su padre, Emeri Lladó, comenzó a alquilar el esqueleto del antiguo teatro en 1947. Ese año compró su primera máquina. Le costó 18.000 pesetas, una cantidad que pagó en dos partes. Una a crédito durante años. La otra, al contado con lo que sacó tras vender varias propiedades. Esa misma máquina, ya prácticamente una pieza de museo, cohabita con Armando y le hace compañía durante las largas y mal aprovechadas horas que allí pasa.

Armando es como un niño encerrado en el cuerpo de un adulto. Sus ojos irradian inocencia y sus palabras, expresadas con calidez, son las de un hombre no adulterado por las asperezas de la vida, ajeno a toda maldad. Hay algo infantil en la resignación con la que aceptó que su arte había perdido su lugar en Girona y comenzó a dedicarse a su pasatiempo: reproducir en madera y a pequeña escala la calle principal de un pueblo del Oeste.

Armando nunca ha viajado por Estados Unidos y su afición no alcanza la excentricidad de Bill Koch –uno de los famosos hermanos Koch–, quien colecciona memorabilia del viejo Oeste hasta el paroxismo de haber instalado en uno de sus ranchos el decorado al completo de una película de la Metro. Armando recurre a herramientas mucho más rudimentarias. Para crear su maqueta se vale de su imaginación y de la caja de un juego de vaqueros de Comansi que copia con ahínco.

Cuando le pregunté cuál era su favorita me confesó que el hotel. No había sido el edificio más complicado de ejecutar, sino el más difícil de idear. «Tuve que inventar gran parte de él. Fue un ejercicio de imaginación», explica. Un vistazo a la caja, que reposa colgada en la pared, me ofrece la explicación. Los detalles de la fachada del hotel se pierden en la distancia, ya que es el último edificio que aparece y la perspectiva está un poco distorsionada. Eso obligó a Armando a soñar sus ornamentos, imaginar su puerta y crearle un cartel distintivo.

El paseo por el taller nos llevó también a su despacho, donde me mostró un viejo artículo de periódico dedicado a su fustería y algunos dibujos; y por otra sala del taller en la que colgaba un cuadro y una paleta de pintor. Me contó que ambos habían sido un regalo del mismo artista, un pintor que, como agradecimiento a la nueva y sofisticada paleta que le había diseñado y creado, le regaló la antigua y una de sus obras.

Unas horas antes de conocer a Armando había dejado Barcelona para pasar un día de excursión. Mi plan era ir de visita a Figueres, pero el tour que ofrecía la empresa Catalunya Busturístic incluía una parada en Girona. Aunque desde el principio me pareció una adición interesante, reconozco que en un primer momento pensé que hubiera preferido ir directamente a Figueres y poder pasar más tiempo inmersa en el pequeño pedazo del mundo de Dalí que allí sigue tan bien preservado. Tras haber pasado un rato con Armando –quien le dedicó desinteresadamente su tiempo a esta visitante en su magnífica, silenciosa y bella Girona natal– me alegré de que no hubiera sido así.

Nueva York estrena la avenida 6 y ½

4 ago

Nueva York acaba de estrenar la avenida 6 y ½, una vía que parece salida de la imaginación de la autora inglesa J. K. Rowling, quien inventó el andén 9 y ¾; o de la Charlie Kaufman, guionista de «¿Quieres ser John Malkovich?», quien imaginó el piso 7 y ½.

Durante décadas, los neoyorkinos sabían que en ciertas partes de la ciudad existían avenidas escondidas, hileras de parques, descansillos de edificios y espacios semi-privados que, conectados por una línea imaginaria, creaban una ruta alternativa a las concurridas arterias de la ciudad.

Ahora, la avenida 6 y ½ es una realidad en Manhattan. El ayuntamiento de Nueva York ha inaugurado oficialmente esta nueva avenida entre las calles 51 y 57. Para ello, la oficina dirigida por el alcalde Michael Bloomberg ha conectado mediante pasos de peatones los accesos a espacios ya existentes como parques, pasadizos interiores en edificios y varios espacios públicos de propiedad privada (POPS).

«Mucha gente no sabe que estos lugares existen, ocultos dentro de edificios», explicó el pasado marzo al «New York Times» Janette Sadik-Kahn, directora del departamento de transporte (DOT) de Nueva York. Ha sido su departamento el encargado de convertir este secreto a voces en un camino transitable solo para peatones.

La iniciativa también busca que los peatones que ya utilizaban esta ruta alternativa lo hagan con más facilidad y seguridad. Por eso han instalado pasos de cebra y limitado el aparcamiento para que los coches no bloqueen el tránsito. Además, han protegido los cruces con señales de stop que darán prioridad a los peatones frente al tráfico rodado.

La avenida 6 y ½ fue desvelada hace dos semanas cuando se instalaron las señales de tráfico que indican su existencia. Ahora solo falta que se incorpore a los mapas de la ciudad. El proyecto fue posible gracias a Friends of Privately Owned Public Spaces, una organización que busca promover el conocimiento de los cerca de 550 POPS que hay en la ciudad.

El miércoles por la tarde tuve oportunidad de recorrer toda la avenida. Para mi sorpresa, había mucha gente transitándola. Desde madres empujando los carritos de sus bebés a gente haciendo jogging, pasando por los típicos ejecutivos que pueblan las oficinas de la zona. Aún así, esta nueva arteria estaba mucho menos congestionada que las avenidas adyacentes.

Algo que me llamó la atención es que nos detuvimos en pequeños comercios que la avenida 6 y ½ hace mucho más visibles, como una confitería o una cafetería frente al acceso de la calle 51. No me sorprendería que la recién creada vía acabe suponiendo un impulso económico para los negocios cercanos.

Extra: para los que leáis en inglés, aquí os dejo un artículo del «New Yorker» en el que uno de sus periodistas relata una peculiar y ambiciosa hazaña: caminar desde la calle 34 a la 48 atravesando edificios entre la Quinta y la Sexta avenidas, sin pisar ninguna de ellas. Un reto urbano que, como todas las grandes aventuras, acaba de manera diferente a la planeada.

Love forever, Kusama

4 ago

En las casi cuatro décadas que han pasado desde 1973 hasta 2012 en Japón Yayoi Kusama ha pasado de ser una deshonra nacional a convertirse en un tesoro del país asiático y una de sus artistas contemporáneas más celebradas. En este tiempo ha ocurrido paralelamente un movimiento similar a nivel mundial. La artista ha pasado de ser una leyenda olvidada de una época pasada a ser rescatada, reclamada y reivindicada por exposiciones, museos y galerías de todo el planeta.

El súmmum de esa recuperación tiene dos cimas. Una, la exposición retrospectiva que el Museo Whitney de Nueva York acaba de inaugurar sobre su vida y obra. La otra, la colaboración con Louis Vuitton que hará que su arte y sus característicos lunares sean conocidos por un público diferente y quizá mucho mayor que el que lo ha visto en museos como el Reina Sofía de Madrid, el Centro Pompidou de París o el Tate Modern de Londres.

Hasta el verano pasado no tenía ni idea de quién era Yayoi Kusama, pero fui una de las afortnadas que vio la exposición de su obra en el Museo Reina Sofia. De sus creaciones me llamaron la atención muchas cosas. Los lunares por su aparente simpleza y ludismo, contrastado con el fuerte vínculo existencialista que Kusama les atribuye (ella se ve como «un lunar perdido entre un millón de otros lunares»). Algunas de sus obras más repetitivas y obsesivas. Me gustan los tentáculos, las nubes, los patrones que parecen repeticiones ad infinitum de formas y organismos que solo se pueden ver a través de un microscopio. Pero, por encima de todas las cosas, me caló su concepto de la auto-obliteración.

Kusama ve su arte como una forma de autodestrucción, una vía para exponerse y entregarse, vulnerable, a la creación. Cuando era joven, esa obliteración la lograba a través de los lunares, elementos que le robaban la esencia a los objetos sobre los que los imprimía. Ella entre ellos. Ahora lo hace de una forma más literal. Kusama, de 83 años sigue pintando sus cuadros de su propia mano a pesar de los dolores y de que casi no puede mantenerse en pie por sí misma. Kusama se destruye y reconstruye. Es valiente, o lo era, porque ahora crea desde una torre de marfil en el que repite esquemas que triunfaron en el pasado sin retarse de manera honesta. O quizá si se rete, pero el reto sea ya solo físico y no intelectual o creativo.

Sea como sea, las obras de Kusama te permiten penetrar su universo, un cosmos vulnerable de signos y señas con las que la artista lleva conviviendo desde pequeña. Algunos de ellos forman parte de sus pesadillas y halucinaciones. Otros los ha creado a partir de entes que detesta, como el pene. Al ver sus muebles y objetos cubiertos por penes de tela puedes imaginar comopara la artista tuvo que ser una experiencia catárquica.

La alianza con Louis Vuitton

En las últimas semanas algo que se preguntan los medios dedicados al mundo del arte y el diseño es si la colaboración de Kusama con Louis Vuitton ha sido una traición o una venta de Kusama por el dinero. La verdad, no lo dudo. Kusama está embarcada en un proyecto para crear en Tokio un museo dedicado a su obra que además incluya un centro para jóvenes artistas. Y eso no puede ser barato, así que un poco de liquidez no le vendrá mal. Y tampoco me parece mal. Cada uno hace con su arte y su creatividad lo que le da la gana. Al fin y al cabo, tendría que haber sido Kusama la que ponderase si le compensaba la publicidad y el dinero que le da la casa frente a lo que obtiene vendiendo sus obras a clientes que ahora podrían perder interés en su arte por encontrarlas demasiado «democratizadas». Es su decisión.

Lo que está claro es que en Louis Vuitton han sabido apreciar su talento, nutrirlo y aprovecharlo para mérito propio. «Su energía es infinita», dijo Marc Jacobs, director creativo de la casa. Jacobs explica que esta colaboración continúa una tendencia que ha mantenido desde que llegó a la «maison» francesa y comenzó a trabajar con artistas como Stephen Sprouse, Richard Prince y Takashi Murakami. Para él este tipo de colaboraciones son una forma de hacer llegar la creatividad de artistas como Kusama a gente que quizá no conozca su obra. Algo que reiteró Yves Carcelle, presidente y director ejecutivo de Vuitton.

Adiós, Fabrizio

13 jun
A pesar de que era 10 de junio, el cielo estaba encapotado. Las nubes oscuras, grises como el carbón, amenazaban lluvia; aunque también dejaban entrever un sol radiante, propio de esta época del año.
Iba conduciendo de camino a casa y un Ford dorado acababa de ponerse a mi altura.
Hacía 10 minutos que había terminado mi clase semanal con Loreto, a quien llevaba enseñando -tratando de enseñar, mejor dicho- inglés desde hacía ya nueve meses. Las canciones de los Beatles o de High School Musical no conseguían mentener su esquiva atención. La frustración nos acompañó desde la segunda clase, cuando asumí que la primera impresión que me había dado esta niña de 12 años, pasota y adicta a las malas excusas, había sido acertada.
Al principio traté de ver en Loreto algo de mí, simpatizar con ella. Sobre todo porque era alumna del Cristo Rey, el colegio donde estudié buena parte de mi infancia y cuyo recuerdo sigue ocupando un lugar muy especial en mi memoria. Si yo fuera ella, me decía, también estaría hastiada del sobreproteccionismo de su padre y también me inquietaría, como me inquietó entonces, la proximidad de un cambio de centro escolar. En su caso, el paso al Instituto.
Mi coche me esperaba, como siempre, aparcado estratégicamente frente a la pequeña tienda de alimentación de la esquina, un comercio que conocí hace más de dos décadas, cuando abrió al público un par de bloques más arriba de la que entonces era mi casa. Desde que empecé las clases se había convertido en una tradición el pasarme por ahí tras terminar para comprar algo dulce. En los meses de invierno habían sido chucherías. Normalente regalices, lo único aceptable de su escasa y mal cuidada selección. Ese día ya sabía que iba a adquirir algo diferente: un Calypo. Un euro con 25 céntimos por un pedazo de hielo con sabor a fresa dentro de un cartón rosa fucsia.
Una vez en el coche encendí la radio, ansiosa, incluso antes de arrancar el motor. Quería enterarme de cómo iba España. La Selección estaba jugando contra Rusia el primer partido de la Eurocopa de 2008. Aunque no me considerase muy futbolera, todo el mundo sabe que en España nuestra Selección es un tema de Estado. Un asunto sobre el que hay que estar informado con escruciente nivel de detalle. El partido en ese instante estaba en el descanso, a punto de reanudarse.
Saqué el coche de la plaza donde había estado aparcado algo más de una hora y emprendí camino a casa. Era el mismo camino que había hecho cientos, miles de veces. De Las Rozas a Punta Galea. Era el camino que hacía cuando volvía de casa de Nacho o de Xavi. La ruta que tomaba todos los días al volver de la universidad o del trabajo, ya que por esa zona dejaba el coche por las mañanas antes de coger el autobús. No me equivoco si digo que esa era la ruta que en más ocasiones había repetido en mi historia como conductora.
Cogí la calle del Burgo Centro, llegué hasta la ridícula rotonda frente al Burger King y tomé la tercera salida, la de la izquierda. Pasé bajo el tunel y continué el rutinario, pero estrecho y sinuoso camino hasta la carretera del Escorial. En esta vía permanecí un par de kilómetros hasta la salida que la conecta con la M-503. Señalicé y entré en el tramo de vía que desembocaría en la vía de servicio.
En ese rato había seguido disfrutando de mi helado y escuchando hablar al comentarista mencionar una estadística tras otra porque en Innsbruck no estaba ocurriendo nada realmente interesante.
Empezó a llover justo cuando me incorporé a la vía de servicio. Presioné ligeramente la palanca del limpiaparabrisas, lo justo para que pasase de la inactividad al modo de menor frecuencia. No llovía mucho.
El Ford dorado me preocupaba. Su conductor, un hombre de unos 35 años con el pelo oscuro y engominado y una hilera de rizos enmarcándole la nuca, no había mirado ni una sola vez a su alrededor en el rato que me ha acompañado paralelamente.
De repente comenzó a meterse en mi carril, avalanzándose sobre mí, sobre mi Opel Astra negro al que bauticé Fabrizio en un acto reflejo en el mismo instante en que vi su matrícula: —-FBZ.
Hago sonar la bocina, pero no reacciona. Sigue acercándose y yo sigo alejándome de su Ford dorado. No quiero que me roce. No quiero otro arañazo en la carrocería. Vuelvo a pitar. El conductor reacciona. Y se aparta. Cuando me quiero dar cuenta y miro a mi derecha, estoy al lado del quitamiedos. Di un volantazo para evitarlo. En circunstancias normales, el coche hubiera vuelto a su camino en un instante. Pero no fue así. El asfalto estaba húmedo, resbaladizo. El control del coche era ajeno a mi poder. Mi sensación era como si estuviera dando saltos laterales. Ahora apoyada sobre las ruedas derechas. Ahora apoyada sobre las izquierdas. Mientras tanto, el coche no reaccionaba a mis intentos de mover el volante. Cuando el coche por fin reaccionó, di una vuelta completa que acabó con Fabrizio empotrada contra el mismo quitamiedos que antes había tratado de evitar.
Miré hacia el frente y ahí estaba, el Ford dorado parado unos metros más alante, mirando. En cuanto me vió salir del coche aceleró, salió a la carretera y se perdió en el horizonte.
Salí del coche para ver qué le había pasado. El frontal estaba destrozado. En vez de un coche ahora tenía un acordeón.
Alguien me preguntó si estaba bien. Era una chica asomándose desde su coche. Se había parado tras de mí en cuanto el coche había dejado de hacer maniobras alocadas. Según me dijo, lo había visto todo y no entendía cómo el otro coche no me estaba viendo y cómo acabé perdiendo el control. Yo tampoco entendía nada.
Era morena y de cara alegre, aunque ahora no podía esconder que aún tenía el miedo metido en el cuerpo. No recuerdo su nombre, aunque creo que era Nuria o algún otro nombre que empieza por «n». La llamaré Nuria, porque se merece un nombre.
Nuria me volvió a preguntar si estaba bien. Esta vez sí le respondí. Le dije que estaba perfectamente mientras metía medio cuerpo en el coche. Con un brazo tiré el trozo de Calypo que quedaba a la calle, a que se deshiciera fuera y no dentro del coche. Con el otro brazo busqué el bolso en el asiento de atrás. Lo encontré, saqué el móvil y marqué el número de mi grúa. Ellos avisaron a la Guardia Civil, quien llegó unos instantes después para abrir un caso sobre los daños a la vía, que en este caso se limitaban a un quitamiedos abollado.
Llegó la grúa y se llevó el coche al taller. Nuria me acercó a mí. Una vez allí nos despedimos, me dio su correo electrónico y su número de teléfono y me pidió que al día siguiente le escribiese para ver qué tal estaba y que no dudase en avisarla si necesitaba algo. Cuando Nuria se fue llamé a mi madre, quien estaba más que curada de espanto de mis llamadas de socorro. No había sido la primera ni sería la última.
Fabrizio estaba mal, pero lo iba a contar. Mi única incertidumbre era si lo volvería conducir antes de mudarme a Dinamarca, algo que iba a ocurrir solo unas semanas más tarde.
Desde ese accidente han pasado 4 años y 3 días. Hoy España está jugando otra Eurocopa y hoy mis padres han vendido a Fabrizio. De los cinco años que lo hemos tenido, tres de ellos su dueña ha estado fuera. Al final fue mi madre quien más lo condujo, aunque ella nunca disfrutó de su potencia como lo hacía yo.
Sé que parece tonto, pero me molesta no haber estado presente al entregarlo. No haber sido yo la que le diese las llaves a su nuevo dueño y le diese un par de consejos sobre cómo arrancarlo o qué hacer si se encendía la luz de los filtros del aire. Me intento convencer de que es solo un objeto, un coche más de las decenas que he conducido. Pero Fabrizio era mi nave espacial, el coche con el que viajé con mis amigos por toda España. El coche donde siempre había arena de playa y cuyo maletero siempre contenía una pelota de volley, un par de chanclas, un saco de dormir, una toalla, una silla de camping y mucho papel de cocina.

Churchill a medida

11 jun

De Winston Churchill muchas anécdotas han pasado a la Historia. Una de ellas tiene que ver con George Bernard Shaw. Cuenta la leyenda que cuando el escritor irlandés iba a estrenar su obra «Major Barbara» le envió dos entradas a Churchill. Adjunta iba una nota en la que el autor le decía al político «Te envío dos entradas para la noche del estreno. Trae un amigo, si tienes alguno». A este sutil, pero afilado ataque se supone que Churchill respondió con el agudo adagio: «Me será imposible asistir al estreno. Iré en su segundo pase, si es que hay uno».

Aunque la historia es sin duda brillante, no deja de ser eso: una historia. Dos cartas (una escrita por Bernard Shaw y la otra por la secretaria de Churchill en su nombre) demuestran que el sagaz intercambio no solo no sucedió, sino que ambos protagonistas lo tildaron de «simple mentira».

Hoy esas cartas y otros muchos documentos escritos por o para Winston Churchill forman parte de la nueva exposición «Churchill: The Power of Words» de la Morgan Library de Nueva York, una muestra sobre la que ya hablé en un artículo para «ABC». La exposición esta comisariada por Allen Packwood, el director del Churchill Archive Centre. Según este devoto a preservar la memoria del estadista inglés, la misión de la muestra y de todas las demás en las que colabora el Archivo es «contar la vida de Churchill a través de sus palabras». Packwood explicó que gracias a la ingente cantidad de documentos que se conservan de la vida de Churchill se pueden clarificar todas esas pequeñas controversias que una figura como la del mandatario, premio Nobel de Literatura en 1953, suele generar.

Placentofagia para reponerse tras el parto

8 jun

Cuando en 2006 Tom Cruise bromeó sobre comerse la placenta de su hija Suri muchos se escandalizaron y achacaron el desvarío a la Cienciología. Aunque Cruise no practicó la placentofagia, otros americanos, sobre todo mujeres, lo están incorporando a sus vidas como una forma natural de recuperar energías y nutrientes tras dar a luz.

Comer la placenta tras un nacimiento, un acto que algunos tildan de barbárico, otros asocian con el canibalismo y que nada tiene que ver con la Cienciología, es algo frecuente entre mamíferos y ha formado parte de la medicina tradicional china durante siglos. Pero la forma en la que los vecinos de Nueva York ingieren la placenta queda muy lejos de la del reino animal.

Aunque algunos usan la placenta para preparar estofados, chocolate o incluso batidos, la mayoría de las mujeres que dan el paso están optando por la encapsulación de la placenta, una técnica más aséptica que permite ingerir la placenta como un suplemento vitamínico.

Una de las personas que ofrece este servicio es Jen Mayer, una joven masajista y matrona de Brooklyn que sigue un método muy específico para preparar la placenta. Comienza con el drenaje de la sangre, seguido por 30 minutos de cocción al vapor con jalapeño, limón y jengibre. Después la filetea y la deja secar en una máquina deshidratadora entre 12 y 20 horas. Una vez secos, los pedazos pasan por la trituradora para quedar convertidos en el polvo que introducirá en las cápsulas, cuya cantidad varía según el tamaño de la placenta.

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Solo en Nueva York hay cerca de 20 «placenta ladies» como Jen, quien reconoce que el número de personas que ofrecen servicios similares se ha multiplicado en el último año. «En 2010 éramos 7. Es una tendencia en alza. Y cuantas más seamos, a más mujeres podremos ayudar», explica.

Jen, cuya empresa se llama Booklyn Placenta Services, trabaja con una media de 8 clientas al mes y cobra entre 250 y 280 dólares por cada preparación. Para ello Jen se encarga de trasladarse al hogar de los padres con todo su instrumental e incluso de ayudarlos a gestionar la salida de la placenta del hospital, ya que hay muchos centros que no quieren entregarla porque la consideran un biorriesgo.

«Yo la comí en forma de píldora para poder olvidar lo que era», explicó en un programa de televisión Tara Lindis-Corbell, una de las clientas de Jen. En el mismo programa Sanjay Gupta, uno de los doctores más célebres de Estados Unidos, habló sobre los efectos que en teoría tiene la ingesta de placenta. Gupta mencionó que es una fuente de nutrientes y hormonas, buena para evitar la depresión post parto y para que la pared del útero recupere su tersura. Pero lo hizo aclarando que aún no hay nada demostrado.

Una de las personas dedicadas a compartir los beneficios de la placentofagia, tanto los testimoniales, como los que empiezan a surgir de la investigación, es Jodi Selander. Selander creó la técnica de la encapsulación de placenta en 2005 y desde entonces trabaja en la empresa Placenta Benefits. Actualmente esta psicóloga forma parte del equipo de trabajo de la Universidad de Nevada que está realizando diversos estudios para validar el consumo de placenta, aunque sus progresos llegan lentamente. «A finales de año tendremos los resultados de nuestra actual investigación», me comentó Selander por correo.

Precisamente por esa falta de pruebas, webs como la de Jen tienen que advertir que su trabajo no tiene relación con un tratamiento médico, que sus clientes son los plenos responsables de su salud y que la información en su página no ha sido evaluada por la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. (FDA).

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